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La nueva evangelización: renovación de la Iglesia

La Nueva Evangelización: Renovación de la Iglesia

Hoy contemplamos el amor misericordioso de Dios: compadeciendo nuestra debilidad, ha venido para "llamarnos" y "llevarnos" a su Amor. La Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión. Esta renovación forma parte de la "nueva evangelización". Ultimamente, la celebración del Jubileo del 2000, la convocatoria del "Año de la fe" constituyen una invitación a una auténtica conversión al Señor.

La fe debe plasmarse en obras de amor. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.

—Por la fe, la vida nueva del bautizado configura la entera existencia humana en la novedad radical de la resurrección. La fe que actúa por el amor se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia la vida del hombre.

 

La Nueva Evangelización no es "nueva": la Iglesia siempre es "misionera"

Hoy nos sentimos herederos del mandato misionero de Jesús. La nueva evangelización no es "nueva" (en el sentido de que no es una novedad para la Iglesia): hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28,19). ¡La Iglesia siempre es misionera!

«Caritas Christi urget nos» (2Cor 5,14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos urge a evangelizar. Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una "nueva evangelización" para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

—La fe crece cuando se vive como un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo.

 

La Nueva Evangelización: necesidad de redescubrir la fe

Hoy, sucede a menudo que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. Pero, en realidad, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado.

Necesitamos redescubrir el camino de la fe. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5,13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en Él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4,14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6,51).

—Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

 

La Nueva Evangelización: es necesario actualizar la "comprensión" de la fe

Hoy, Jesús nos llama a la "fidelidad renovada": aunque el contenido de la fe no cambia sustancialmente, debemos considerar los cambios de percepción cultural y las graves dificultades del tiempo con respecto a la profesión de la fe verdadera y su recta interpretación.

Los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado. El magisterio de la Iglesia tiene la responsabilidad de intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa en cada tiempo.

—En los tiempos más recientes la Iglesia ha cumplido esta misión con el Concilio Vaticano II ("brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza") y convocando dos veces el "Año de la Fe" (con Pablo VI y con Benedicto XVI), entre otras muchas iniciativas.

 

El acto de fe

Hoy, Jairo confía en Jesús más allá de lo que humanamente podía esperar. En él contemplamos el itinerario del acto de fe. Primero, comienza como don de Dios y acción de la gracia que transforma a la persona. El conocimiento de los misterios que se han de creer no es suficiente si después el corazón —auténtico sagrario de la persona— no está abierto por la gracia.

Segundo, la fe implica una tarea y un compromiso público (no es algo simplemente privado). La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él, y, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree.

—El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. No hay una "fe a la carta" (acepto sólo lo que me gusta); el asentimiento que se presta implica aceptar libremente todo el misterio de la fe. Si verdaderamente confío en Dios, entonces acepto todo lo que me viene de Él.

 

La fe sin obras es una fe "muerta"

Hoy la "Parábola del sembrador" es como una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a responder con frutos al amor con el que Él cuida de nosotros. La fe nos permite reconocer a Cristo en el prójimo, y Su mismo Amor nos impulsa a transformar la Palabra recibida en vida entregada.

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. Con palabras fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «Si no se tienen obras, [la fe] está muerta por dentro (…). Muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe» (St 2,17-18).

—Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia.

 

La historia de nuestra fe

Hoy resulta aleccionador volver a recorrer la historia de nuestra fe, fijando la mirada en Jesucristo. En Él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio, saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón, los transmitió a los Doce. Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro y fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura. Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles. Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio…

—Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida, han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor.

 

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