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EDUCACIÓN RELIGIOSA CATÓLICA

LAS CONFERENCIAS DEL CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO (CELAM)

CONFERENCIAS DEL CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO (CELAM)

El episcopado latinoamericano tiene una larga historia de búsqueda de un organismo colegiado que discierna la ruta del catolicismo del continente. En efecto, durante la época colonial se desarrollaron concilios provinciales o juntas eclesiásticas tanto en ciudad de México como en Lima, incluso antes de la Real Cédula pos-tridentina de 1621.

Ya en 1899, por iniciativa del Obispo chileno Monseñor Carlos Casanueva, el Papa León XIII convoca en Roma al Primer Concilio Plenario Latinoamericano, con ocasión del 400 aniversario de la llegada de colonos españoles. Los trece arzobispos y cuarenta obispos se ocuparon fundamentalmente de discutir más que cuestiones doctrinales, asuntos relativos a la disciplina eclesiástica, con la emergencia de problemas socio-eclesiales comunes.

Creación del CELAM

El CELAM se crea en 1956, a propósito de la celebración de la Primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunido en Río de Janeiro en 1955. Su nacimiento jurídico se remonta a 1958. La creación del CELAM precede a la existencia de la mayoría de las Conferencias Episcopales de iglesias locales, por lo tanto, no podemos leer su surgimiento como una recepción regional de una experiencia local.

El CELAM se ha reunido en Conferencia General cinco veces: 1955, 1968, 1979, 1992 y 2007, emitiendo un Documento Final como conclusiones de sus trabajos. Estos documentos no se explican de manera automática e independiente, se requiere una adecuada hermenéutica para evaluarlos y entender aquello que allí se ha expresado u omitido.

Primera Conferencia: Río de Janeiro, entre el 25 de julio-4 de agosto de 1955

El Papa Pío XII, esperaba expresamente que los obispos de América Latina se hicieran cargo del problema de la escasez de clero, considerado como el principal para el catolicismo regional. No hubo mención expresa del enorme problema social causado por la dependencia latinoamericana de Estados Unidos. Se había comenzado a establecer la consolidación de gobiernos nacionalistas y reformistas que buscaban alejarse de la excesiva influencia de Estados Unidos en la conducción de sus políticas interiores; frente a ello se establecieron políticas de desestabilización económica y política.

La preocupación fundamental estaba centrada en el incremento del protestantismo lo que, a juicio del Pontífice, estaba directamente relacionado con la falta de atención pastoral por ministros, quedando un terreno libre a diversos grupos sociales y religiosos que ponían en riesgo la predominancia de la fe católica. Por ello el trabajo en pastoral vocacional y el cuidado en la formación del clero ayudaría a generar más y mejor clero local; pero también se precisaba el fomento de la llegada de sacerdotes extranjeros, de modo que se renovasen métodos pastorales apropiados a las exigencias del problema religioso de América Latina, superando la fragmentación y generando más intercambio entre las iglesias locales.

La realidad religiosa del Continente marcó la agenda de la Conferencia. Para descubrir el rostro de Dios, en su resplandor y deformaciones, el Cardenal Piazza solicitó realizar un análisis estadístico de la situación pastoral, espiritual y social de las iglesias locales. Metodológicamente se trataba de hacer localmente estos estudios, para que luego las asambleas provinciales enviaran los resultados a la asamblea de Río.

Atención especial mereció la cuestión misionera especialmente frente a la emigración rural y al creciente aumento del protestantismo y las sectas, comprometiéndose con los inmigrantes y con la promoción de una cultura autóctona. Se destacó el potencial de las diversas formas de apostolado laico frente a formas de disgregación cristiana. La Conferencia se propuso, además, incentivar la creación de un diario católico en cada país y también limitar la influencia del mal cine. A pesar de identificar el problema en la escasez de clero, con una eclesiología muy autocentrada, se evidenció una sensibilidad real por los problemas sociales del momento y la positiva influencia que un laicado mejor formado podía traer al Continente.

 

II Conferencia: Medellín, entre el 26 de agosto – 7 de septiembre de 1968

Fue la primera vez que un pontífice pisaba tierras latinoamericanas. Entre 1962 y 1965 se había celebrado el Concilio Vaticano II, trayendo consigo la cristalización de décadas de pensamiento teológico renovador en el catolicismo romano. Este magisterio universal sería contrastado con dos documentos promulgados por el papa Pablo VI: la Encíclica Populorum Progressio(PP), con muy buena recepción en América Latina y la Encíclica Humanae Vitae que había desatado una encarnizada polémica.

Socialmente, el continente enfrentaba una desproporción acelerada entre progreso económico y desarrollo social. Muchas Iglesias locales, tales como Brasil, Chile, Venezuela, Colombia, Ecuador y Costa Rica apoyaron la creación de movimientos de inspiración cristiana como cooperativas y proyectos de promoción humana. La Iglesia también colaboró en la creación de partidos políticos con inspiración cristiana. Algunas reformas estructurales, como la agraria, fueron también impulsadas por la Iglesia.

La Conferencia se enfrentó a ese modelo económico neoliberal de desarrollo, unido a la convulsión estudiantil de varios países del continente. Era imperativo hacerse cargo del desafío de hablar desde y hacia ese momento presente latinoamericano.

Medellín puede ser contada como la gran recepción continental del Concilio Vaticano II. Alrededor de 750 obispos se reunieron en torno al tema “La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”.

Desde presupuestos bíblicos y pastorales, resulta evidente que el nuevo paradigma eclesial que emerge en Medellín resitúa un tema marginal en los debates conciliares, el paradigma eclesiológico de la “Iglesia de los pobres”.

Hubo también una valorización de la acción política de los cristianos, como una característica esencial de la teología y pastoral del catolicismo del continente  

III Conferencia: Puebla, entre el 27 de enero – 13 de febrero de 1979

La extraordinaria recepción de Evangelii nuntiandi en la Iglesia de América Latina, fue el escenario en el cual surgió la idea de convocar a una nueva Conferencia General del Episcopado, en el décimo aniversario de Medellín. La Iglesia latinoamericana fue madurando entre Medellín y Puebla y ese sería el contexto que determinó la propuesta temática: “La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”.

El Continente asistía a una de las épocas sociales más complejas de la historia reciente, enfrentaba regímenes dictatoriales, represivos, violencia institucionalizada, bloqueos, desmantelamiento a revoluciones, abstenciones electorales, fronteras de apoyo político y militar de potencias extranjeras, etc.

La Iglesia, de esa manera, asumió en un gran sector del Continente un rol de liderazgo religioso en defensa de los derechos de las personas en un ambiente de tortura, desaparición y muerte. La Teología de la Liberación se había convertido en ese momento, en una herramienta eclesial militante que se ocupaba de sistematizar las experiencias de opresión y liberación desde la opción creyente; un método de análisis y un lenguaje apropiado para expresar cristianamente la realidad, mucho más que la doctrina social de la Iglesia

En torno al tema general de la Conferencia “La evangelización en el presente y futuro de América Latina”, este Documento realiza un diagnóstico social, económico y político, enumerando los principales núcleos del pensamiento social de la Iglesia. Se advierte transversalmente que, a pesar del desarrollo económico, la brecha entre ricos y pobres es demasiado grande y que la existencia de extrema pobreza desafía fuertemente a los cristianos.

El modelo de Iglesia como sacramento del Reino de Dios se instala, promoviendo vivamente la activa participación laical y el desarrollo de ministerios. Se confirma a la Iglesia en su irrenunciable misión religiosa de establecer una comunidad más humana, frente a la compleja situación sociopolítica que enfrentaban la mayoría de los países de América Latina (42).

IV Cuarta Conferencia de Santo Domingo: entre el 12 – 28 octubre de 1992

Más de veinte años mediaron entre la cuarta y la quinta conferencia. Ya desde mediados de los 80’ se consideró que el quinto centenario de la presencia de la Iglesia en América Latina sería un escenario apropiado para una nueva reunión episcopal. Juan Pablo II inaugurando en Port-au-Prince la XIX Asamblea ordinaria de los Obispos del CELAM, el 9 de marzo de 1983, sostuvo que el Continente tenía necesidad de una evangelización nueva: nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión. En la preparación de esta Conferencia se advierte un declive en participación, afectando su recepción e impacto en la vida eclesial. La ‘nueva evangelización’ fue leída en no pocos ámbitos eclesiales en clave ideológica, como respaldo del catolicismo romano a la actitud colonizadora en los pueblos indoamericanos.

El CELAM convocó la cuarta conferencia bajo el tema “Nueva Evangelización, promoción humana, cultura cristiana. Jesucristo ayer, hoy y siempre (Heb. 13,8)”.

La catequesis y la liturgia son muy enfatizadas como canales de inculturación del Evangelio. Los documentos finales insistieron en la afirmación de la necesidad de la evangelización desde el paradigma de cultura de vida v/s cultura de muerte.

 

V Conferencia: Aparecida, entre el 13 – 31 mayo de 2007

En los quince años que mediaron entre Santo Domingo y Aparecida, se habían producido muchos cambios sociales y eclesiales.

La emergencia masiva de nuevos movimientos religiosos había cambiado el rostro confesional en un Continente que había prácticamente perdido el influjo pastoral directo de las comunidades cristianas de base.

América Latina y el Caribe se veían afectados por el establecimiento de un nuevo orden mundial, regido por el neoliberalismo como sistema económico y la globalización que atravesaba todas las esferas de la sociedad.

El tema que convocaba era “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14,6)”.

El tema general de la Conferencia se ubicó en sintonía con las categorías teológicas latinoamericanas tradicionales “Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que en él nuestros pueblos tengan vida: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, a saber, el del discipulado comunitario y de la valorización de la historia concreta donde se expresa ese discipulado, seguimiento del Verbo encarnado. Una renovada comprensión de misión se dibuja en la Conferencia, más abierta e inclusiva, sin las cargas de un eclesiocentrismo excluyente (163ss) y más atenta a la reivindicación de la pluralidad étnica de América Latina.

Se enfatiza explícitamente la continuidad tanto con Medellín, como con Puebla. Así se leen los pasajes en los cuales reaparecen con fuerza tanto la opción preferencial por los más pobres, contra la pobreza; como, el aprecio por una eclesiología de base, para los obispos, desde las Comunidades Eclesiales de Base; emerge la iglesia en salida, tan propia de esta Asamblea. Este tema, convertido en un paradigma eclesiológico, sería universalizado por el papa Bergoglio en Evangelii Gaudium.

Las conferencias del episcopado latinoamericano, sin duda, han marcado la agenda del catolicismo del Continente, le han otorgado nuevos lenguajes pastorales, de modo que el pueblo creyente latinoamericano ha podido aproximarse al mundo con mediaciones más cercanas a su propia realidad. Las tempranas asambleas le otorgaron una cierta legitimidad a los movimientos sociales cristianos emergentes o consolidados; las últimas, especialmente Aparecida, ha visibilizado con solidez categorías de comprensión de la realidad social y eclesial que han devenido comunes, como la violencia institucionalizada, la opción eclesial preferencial por los más pobres, la inculturación del evangelio, la promoción de la dignidad humana y sus derechos inalienables, la iglesia inclusiva, en salida hacia las nuevas realidades y nuevos rostros.

A través de estas Asambleas, apreciamos un continente más maduro en buscar y utilizar formas más colegiadas de discernimiento eclesial, aunque aún falte mayor creatividad latinoamericana en el diseño de formas de gobierno más representativas de toda la membresía eclesial. Resulta evidente, además, que, en la gestación de magisterio local, la consideración de otras disciplinas en el análisis de la realidad es necesaria, así como la asesoría permanente de quienes cultivan la disciplina teológica. El episcopado latinoamericano ha madurado y esto debe proyectarse en las relaciones con otros cuerpos episcopales, así como con la curia romana. Y esta madurez debe traducirse en la proactividad en el diseño de políticas eclesiales locales que reviertan la suerte de irrelevancia en la que el catolicismo latinoamericano se va convirtiendo.

 

 

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