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EDUCACIÓN RELIGIOSA CATÓLICA

NUESTRA PERTENENCIA A LA IGLESIA

NUESTRA PERTENENCIA A LA IGLESIA

Hoy nuestro mundo está afectado en sus valores éticos. Principios fundamentales sobre los cuales nuestros predecesores concibieron y construyeron la sociedad contemporánea, se encuentran erosionados. Hemos  perdido mucho de nuestro sentido de unidad y eso nos hace como individuos moralmente débiles, y como conjunto social… vulnerables.

Integramos países y comunidades, pero como  individuos hemos ido distanciándonos y perdiendo esa unión que nos hacía mejores padres, respetuosos hijos, amorosos esposos, solidarios vecinos, y… buenos ciudadanos.

El bombardeo constante de consumismo, vanidad desbordada, violencia sin límites, indiferencia afectiva y… sexo grotesco, han producido sus resultados: pragmatismo, cortoplacismo, irresponsabilidad, indiferencia afectiva y religiosa; pero también  han disminuido nuestra firmeza y sembrado en nuestras almas profundos vacíos, difíciles de superar.

Pertenecer a la Iglesia, ser miembros de la Iglesia constituye un llamado para ser “otros cristos”, hacer presente a Cristo en el mundo en la medida en que participamos del sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. No somos nosotros los que humanizamos a Jesús cuando lo recibimos, por el contrario, es Él quien nos “diviniza”, depositando en nosotros esa gran responsabilidad de ser coherentes con tal misterio, de reflejar en nuestra vida corriente esa profunda realidad teológica. “En definitiva, está en juego una relación de comunión: la vertical entre Jesucristo y nosotros, pero también la horizontal, entre todos los que se distinguen en el mundo por el hecho de invocar el nombre de nuestro Señor Jesucristo". Dos consecuencias prácticas se desprenden del discurso del Papa para los fieles: ver si en verdad estamos en comunión con Cristo a través de la recepción frecuente del sacramento de la eucaristía, y ver si esa comunión se muestra eficaz para crear la otra comunión con nuestros semejantes a través del amor.

Cada fiel, mediante la fe y el Bautismo, es incorporado a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. No se pertenece a la Iglesia universal de modo mediato, a través de la pertenencia a una Iglesia particular, sino de modo inmediato, aunque el ingreso y la vida en la Iglesia universal se realizan necesariamente en una particular Iglesia. Desde la perspectiva de la Iglesia considerada como comunión, la universal comunión de los fieles y la comunión de las Iglesias no son pues la una consecuencia de la otra, sino que constituyen la misma realidad vista desde perspectivas diversas.

Además, la pertenencia a una Iglesia particular no está nunca en contradicción con la realidad de que en la Iglesia nadie es extranjero: especialmente en la celebración de la Eucaristía, todo fiel se encuentra en su Iglesia, en la Iglesia de Cristo, pertenezca o no, desde el punto de vista canónico, a la diócesis, parroquia u otra comunidad particular donde tiene lugar tal celebración. En este sentido, permaneciendo firmes las necesarias determinaciones de dependencia jurídica, quien pertenece a una Iglesia particular pertenece a todas las Iglesias; ya que la pertenencia a la Comunión, como pertenencia a la Iglesia, nunca es sólo particular, sino que por su misma naturaleza es siempre universal.

Dice san Pablo: "Dado que hay un solo pan, nosotros, aun siendo muchos, somos un solo cuerpo" (1 Co. 10,17). En la misma Eucaristía Cristo nos da su Cuerpo y nos convierte en su Cuerpo. En este sentido, san Pablo dice a los Gálatas: "Todos ustedes son uno en Cristo" (Gál. 3, 28). 

Con todo esto, san Pablo nos da a entender que no sólo existe una pertenencia de la Iglesia a Cristo, sino también una cierta forma de equiparación e identificación de la Iglesia con Cristo mismo. Por tanto, la grandeza y la nobleza de la Iglesia, es decir, de todos los que formamos parte de ella, deriva del hecho de que somos miembros de Cristo, como una extensión de su presencia personal en el mundo.

1 comentario

Manuel González -

Si bien se ha perdido algunos valores espirituales, la Iglesia debe tomar más en cuenta que tiene que realizar varias reformas, por supuesto bien estudiadas, como el valor de la misa muy mal entendida por los que asistimos e esa mayor liturgia, el sacramento de la reconciliación, ya no aceptada por la mayoría de la gente joven, el celibato, la actuación de las mujeres. Y otras aún pendientes por resolver.