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EDUCACIÓN RELIGIOSA CATÓLICA

LAS PERSECUSIONES CONTRA LA IGLESIA

PERSECUCIONES CONTRA LOS CRISTIANOS 

 

Las persecuciones en el siglo I

 

Las persecuciones en el siglo II

 

Las persecuciones en el siglo III

 

Las persecuciones en el siglo IV

Las persecuciones: siglo I

1.1.Una superstición nueva y maléfica

La primera toma de posición del Estado romano contra los cristianos se remonta al emperador Claudio (41-54 d. de J. C.). Los historiadores Suetonio y Dión Casio refieren que Claudio hizo expulsar a los judíos porque estaban continuamente en litigio entre sí por causa de cierto Chrestos. «Estaríamos ante las primeras reacciones provocadas por el mensaje cristiano en la comunidad de Roma», comenta Karl Baus.

 

Emperador  Claudio

 

 

Emperador Claudio

    

El historiador Cayo Suetonio Tranquilo (70-140 aproximadamente), funcionario imperial de alto rango bajo Trajano y Adriano, intelectual y consejero del emperador, justificará esta y las sucesivas intervenciones del Estado contra los cristianos definiéndolos como «superstición nueva y maléfica»: palabras muy fuertes.

Como superstición el cristianismo es puesto en conexión con la magia. Para los romanos es ese conjunto de prácticas irracionales que magos y hechiceros de personalidad siniestra usan para estafar a la gente ignorante, sin educación filosófica. Magia es lo irracional contra lo racional, el conocimiento vulgar contra el conocimiento filosófico. La acusación de magia (como la de locura) es un arma con la cual el Estado romano tacha y somete a control nuevos y dudosos componentes de la sociedad como el cristianismo.

Con la palabra maléfica (portadora de males) se alienta la sospecha obtusa del vulgo que imagina esta novedad (como toda novedad) empapada de los delitos más deplorables, y por consiguiente causa de los males que cada tanto se desencadenan inexplicablemente, desde la peste al aluvión, desde la carestía a la invasión de los bárbaros.

1.2.Nerón y los cristianos vistos por el intelectual Tácito

En el año 64 un incendio devastó 10 de los 14 barrios de Roma. El emperador Nerón, acusado por el pueblo de ser el autor del mismo, echó la culpa a los cristianos. Empieza la primera gran persecución que durará hasta el 68 y verá perecer entre otros a los apóstoles Pedro y Pablo.

El gran historiador Tácito Cornelio (54-120), senador y cónsul, describirá este acontecimiento escribiendo en tiempo de Trajano sus Annales. Él acusa a Nerón de haber culpado injustamente a los cristianos, pero se declara convencido de que estos merecen las penas más severas, porque su superstición los impulsa a cometer acciones nefandas. No comparte, pues, ni siquiera la compasión que muchos experimentaron al verlos torturados. He aquí la célebre página de Tácito.

 

NErón

 

 

Emperador Nerón

    

 «Para cortar por lo sano los rumores públicos, Nerón inventó los culpables, y sometió a refinadísimas penas a los que el pueblo llamaba cristianos y que eran mal vistos por sus infamias. Su nombre venía de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio había sido condenado al suplicio por orden del procurador Poncio Pilato. Momentáneamente adormecida, esta maléfica superstición irrumpió de nuevo no solo en Judea, lugar de origen de ese azote, sino también en Roma, adonde todo lo que es vergonzoso y abominable viene a confluir y encuentra su consagración.

Primeramente fueron arrestados los que hacían abierta confesión de tal creencia. Después, tras denuncia de estos, fue arrestada una gran muchedumbre, no tanto porque acusados de haber provocado el incendio, sino porque se los consideraba encendidos en odio contra el género humano.
Aquellos que iban a morir eran también expuestos a las burlas: cubiertos de pieles de fieras, morían desgarrados por los perros, o bien eran crucificados, o quemados vivos a manera de antorchas que servían para iluminar las tinieblas cuando se había puesto el sol. Nerón había ofrecido sus jardines para gozar de tal espectáculo, mientras él anunciaba los juegos del circo y en atuendo de cochero se mezclaba con el pueblo, o estaba erguido sobre la carroza.

 Por esto, aunque esos suplicios afectaban gente culpable y que merecía semejantes tormentos originales, nacía sin embargo hacia ellos un sentimiento de compasión, porque eran sacrificados no a la común ventaja sino a la crueldad del príncipe» (15, 44).

Los cristianos eran, pues, considerados también por Tácito como gente despreciable, capaz de crímenes horrendos. Los crímenes más infames atribuidos a los cristianos eran el infanticidio ritual (¡como si en la renovación de la Cena del Señor, en la que se alimentaban de la Eucaristía, mataran a un niño y se lo comieran!) y el incesto (clara tergiversación del abrazo de paz que se hacía en la celebración de la Eucaristía «entre hermanos y hermanas»). Estas acusaciones, nacidas del chismorreo de la gentuza, fueron así sancionadas por la autoridad del emperador, persiguiendo a los cristianos y condenándolos a muerte.

 Desde ese momento (nos lo atestigua Tácito) se añadió a la imputación contra los cristianos también un nuevo crimen: el odio contra el género humano. Plinio el joven, irónicamente, escribirá que con una acusación semejante se habría podido en lo sucesivo condenar a muerte a cualquiera.

1.3. Acusados de ateísmo

Muy escasas son las noticias de la persecución que afectó a los cristianos en el año 89, bajo el emperador Domiciano. De particular importancia es la noticia referida por el historiador griego Dión Casio, que en Roma fue pretor y cónsul. En el libro 67 de su Historia Romana afirma que bajo Domiciano fueron acusados y condenados «por ateísmo» (ateótes) el consul Flavio Clemente y su mujer Domitila, y con ellos muchos otros que «habían adoptado los usos judaicos».

 

 

 

 

Catacumba de Santa Domitilla

    

La acusación de ateísmo, en este siglo, es dirigida contra quien no considera divinidad suprema la majestad imperial. Domiciano, durísimo restaurador de la autoridad central, pretende el culto máximo a su persona, centro y garantía de la «civilización humana».

Es notable que un intelectual como Dión Casio llame «ateísmo» el rechazo del culto al emperador. Significa que en Roma no se admite ninguna idea de Dios que no coincida con la majestad imperial. Quien tiene una idea diversa es eliminado como gravemente peligroso para la «civilización humana».

Las persecuciones: siglo II

2.1. Una asociación ilícita, pero en el fondo inocua

En el 111 Plinio el joven, gobernador de la Bitinia a orillas del Mar Negro, estaba regresando de una inspección de su populosa y rica provincia cuando un incendio devastó la capital, Nicomedia. Mucho se habría podido salvar si hubiera habido bomberos.

 

Trajano

 

 

Emperador Trajano

    

Plinio da parte al emperador Trajano (98-117): «Te toca a ti, señor, valuar si es necesario crear una asociación de bomberos de 150 hombres. De mi parte, cuidaré de que tal asociación no incorpore sino bomberos...» Trajano le responde rechazando la iniciativa: «No te olvides que tu provincia es presa de sociedades de este género. Cualquiera sea su nombre, cualquiera sea la finalidad que nosotros queramos dar a hombres reunidos en un solo cuerpo, esto da lugar, en cada caso y rápidamente, a eterías». El temor a las eterías (nombre griego de las «asociaciones») prevaleció así sobre el temor a los incendios.

El fenómeno era antiguo. Las asociaciones de cualquier tipo que se transformaban en grupos políticos habían inducido a César a prohibir todas las asociaciones en el año 7 a. de J. C.: «Quienquiera establezca una asociación sin autorización especial, es pasible de las mismas penas de aquellos que atacan a mano armada los lugares públicos y los templos». La ley estaba siempre en vigor, pero las asociaciones seguían floreciendo: desde los barqueros del Sena a los médicos de Avenches, desde los comerciantes de vino de Lión a los trompetistas de Lamesi. Todas defendían los intereses de sus afiliados ejerciendo presiones sobre los poderes públicos.

Plinio no tardó en aplicar la prohibición de las eterías a un caso particular que se le presentó en el otoño del 112. Bitinia estaba llena de cristianos. «Es una muchedumbre de todas las edades, de todas las condiciones, esparcida en las ciudades, en la aldeas y en el campo», escribe al emperador. Continúa diciendo haber recibido denuncias por parte de los fabricantes de amuletos religiosos, estorbados por los Cristianos que predicaban la inutilidad de semejantes baratijas. Había instituido una especie de proceso para conocer bien los hechos, y había descubierto que ellos tenían «la costumbre de reunirse en un día fijado, antes de la salida del sol, de cantar un himno a Cristo como a un dios, de comprometerse con juramento a no perpetrar crímenes, a no cometer ni latrocinios ni pillajes ni adulterios, a no faltar a la palabra dada. Ellos tienen también la costumbre de reunirse para tomar su comida que, no obstante las habladurías, es comida ordinaria e innocua». Los cristianos no habían dejado estas reuniones ni siquiera después del edicto del gobernador que recalcaba la interdicción de las eterías.

 

San Ignacio de antioquía

 

 

San Ignacio de Antioquía

    

Prosiguiendo la carta (10, 96), Plinio refiere al emperador que en todo esto no ve nada malo. Pero la repulsa a ofrecer incienso y vino delante de las estatuas del emperador le parece un acto de escarnio sacrílego. La obstinación de estos cristianos le parece «irrazonable y necia».
De la carta de Plinio aparece claro que han cesado las acusaciones absurdas de infanticidio ritual y de incesto. Quedan las de «rehusarse a rendir culto al emperador» (por lo tanto, de lesa majestad), y de constituir una etería.

El emperador responde: «Los cristianos no han de ser perseguidos oficialmente. Si, en cambio, son denunciados y reconocidos culpables, hay que condenarlos». Con otras palabras: Trajano anima a cerrar un ojo sobre ellos: son una etería innocua como los barqueros del Sena y los vendedores de vino de Lión. Pero ya que están practicando una «superstición irrazonable, tonta y fanática» (según la juzga Plinio y otros intelectuales del tiempo como Epicteto), y ya que continúan rehusando el culto al emperador (y por consiguiente se consideran «ajenos» a la vida civil), no se puede pasar todo por alto. Si son denunciados, se los ha de condenar. Continúa luego (si bien en forma menos rígida) el «No es lícito ser cristianos». Víctimas de este período son por cierto el obispo de Jerusalén Simeón, crucificado a la edad de 120 años, e Ignacio obispo de Antioquía, llevado a Roma como ciudadano romano, y allí ajusticiado. La misma política hacia los cristianos es la empleada por los emperadores Adriano (117-138) y Antonino Pío (138-161).

2.2. Marco Aurelio: el cristianismo es una locura

Marco Aurelio (161-180), emperador filósofo, pasó 17 de sus 19 años de imperio guerreando. En las Memorias en que cada noche, bajo la tienda militar, anotaba algunos pensamientos «para sí mismo», se encuentra un gran desprecio hacia el cristianismo. Lo consideraba una locura, porque proponía a la gente común, ignorante, una manera de comportarse (fraternidad universal, perdón, sacrificarse por los otros sin esperar recompensa) que solo los filósofos como él podían comprender y practicar después de largas meditaciones y disciplinas. En un rescrito del 176-177 prohibió que sectarios fanáticos, con la introducción de cultos hasta entonces desconocidos, pusieran en peligro la religión del Estado. La situación de los cristianos, siempre desagradable, bajo él, se tornó más áspera.

 

Coliseo Romano

 

 

Coliseo Romano

    

Las florecientes comunidades del Asia Menor fundadas por el apóstol Pablo fueron sometidas día y noche a robos y saqueos por parte del populacho. En Roma el filósofo Justino y un grupo de intelectuales cristianos fueron condenados a muerte. La floreciente cristiandad de Lyon fue aniquilada a raíz de la acusación de ateísmo e inmoralidad. (Perecieron entre torturas refinadas también la muy joven Blandina y el quinceañero Póntico).

Las relaciones que nos han llegado dan a entender que la opinión pública había ido exacerbándose con respecto a los cristianos. Grandes calamidades públicas (de las guerras a la peste) habían suscitado la convicción de que los dioses estuvieran enojados contra Roma. Cuando se constató que en las celebraciones expiatorias ordenadas por el emperador, los cristianos estaban ausentes, el furor popular buscó pretextos para arremeter contra ellos.

Esta situación siguió también en los primeros años del emperador Cómodo, hijo de Marco Aurelio.

2.3. La ofensiva de los intelectuales contra los cristianos

Bajo el reinado de Marco Aurelio, la ofensiva de los intelectuales de Roma contra los cristianos alcanzó el culmen.

«A menudo y erróneamente -escribe Fabio Ruggiero- se cree que el mundo antiguo combatió la nueva religión con las armas del derecho y de la política. En una palabra, con las persecuciones. Si esto puede ser verdadero (y, de todos modos, solo en parte) para el primer siglo de la era cristiana, ya no lo es más a partir de mediados del segundo siglo. Tanto el mundo gentil como la Iglesia comprenden, más o menos en la misma época, la necesidad de combatirse y de dialogar en el terreno de la argumentación filosófica y teológica. La cultura antigua, entrenada desde siglos a todas las sutilezas de la dialéctica, puede oponer armas intelectuales refinadísimas al conjunto doctrinal cristiano, y muy pronto la misma Iglesia , dándose cuenta de la fuerza que el pensamiento clásico ejerce en frenar la expansión del evangelio, comprende la necesidad de elaborar un pensamiento filosófico-teológico genuinamente cristiano, pero capaz al mismo tiempo de expresarse en un lenguaje y en categorías culturales inteligibles por parte del mundo grecorromano, en el cual viene a insertarse cada vez más».

2.4. Las argumentaciones de los intelectuales anticristianos

Las argumentaciones de Marco Aurelio (121-180), Galeno (129-200), Luciano, Peregrino Proteo y especialmente de Celso (los tres últimos escriben sus obras en la segunda mitad del siglo segundo) se pueden condensar así: 

« ’Ser salvado’ de la falta de sentido de la vida, del desorden de las vicisitudes, de la nada de la muerte, del dolor, se puede dar tan solo en una ’sabiduría filosófica’ por parte de una élite de raros intelectuales.

El hecho de que los cristianos pongan esta ’salvación’ en la ’fe’ en un hombre crucificado (como los esclavos) en Palestina (una provincia marginal) y proclamado resucitado, es una locura. El hecho de que los cristianos crean en el mensaje de este crucificado, dirigido preferentemente a los marginados y a los pobres (al ’polvo humano’) y que predica la fraternidad universal (en una sociedad bien escalonada en forma de pirámide y considerada ’orden natural’) es otra locura intolerable que causa fastidio , que lo trastorna todo. A los cristianos hay que eliminarlos como destructores de la civilización humana».

Marco Aurelio 

La crítica de los intelectuales anticristianos se centra en la idea misma de «revelación de lo alto», que no está basada sobre la «sabiduría filosófica»; en las Escrituras cristianas, que tienen contradicciones históricas, textuales, lógicas; en los dogmas «irracionales»; en el asunto del Logos de Dios que se hace carne (Evangelio de Juan) y se somete a la muerte de los esclavos; en la moral cristiana (fidelidad en el matrimonio, honestidad, respeto de los demás, mutuo socorro) que puede ser alcanzada por un pequeño grupo de filósofos, no ciertamente por una masa intelectualmente pobre.

Toda la doctrina cristiana, para estos intelectuales, es locura, como locura es la pretensión de la resurrección (es decir, del predominio de la vida sobre la muerte), la preferencia dada por Dios a los humildes, la fraternidad universal. Todo esto es irracional.

El filósofo griego Celso, en su Discurso verdadero, escribe: «Recogiendo a gente ignorante, que pertenece a la población más vil, los cristianos desprecian los honores y la púrpura, y llegan hasta llamarse indistintamente hermanos y hermanas...

El objeto de su veneración es un hombre castigado con el último de los suplicios, y del leño funesto de la cruz ellos hacen un altar, como conviene a depravados y criminales».

2.5. Las primeras tranquilas reacciones de los cristianos

Durante decenios los cristianos permanecen callados. Se expanden con la fuerza silenciosa de la prohibición. Oponen amor y martirio a las acusaciones más infamantes. Es en el siglo segundo cuando sus primeros apologistas (Justino, Atenágoras, Taciano) niegan con la evidencia de los hechos las acusaciones más infamantes, y tratan de expresar su fe (nacida en tierra semítica y confiada a «narraciones») en términos culturalmente aceptables por un mundo empapado de filosofía grecorromana. Los «ladrillos» bien alineados del mensaje de Jesucristo empiezan a ser organizados conforme a una estructura arquitectónica que pueda ser estimada por los griegos y romanos. Serán Tertuliano en Occidente y Orígenes en Oriente (en el tercer siglo) quienes den una forma sistemática e imponente a toda la «sabiduría cristiana».

Las persecuciones: siglo III

3.1. La grave crisis del tercer siglo (200-300)

En el siglo tercero Roma sufre una gravísima crisis. Las relaciones entre cristianos e imperio romano se invierten (aun cuando no todos lo perciben).

 

 

 

Coliseo Romano

 

    

La gran crisis es así descrita por el historiador griego Herodiano: «En los 200 años anteriores, no hubo nunca un sucederse tan frecuente de soberanos, ni tantas guerras civiles y guerras contra los pueblos limítrofes, ni tantos movimientos de pueblos. Hubo una cantidad incalculable de asaltos a ciudades en el interior del imperio y en muchos países bárbaros, de terremotos y pestilencias, de reyes y usurpadores. Algunos de ellos ejercieron el mando largo tiempo, otros tuvieron el poder por brevísimo tiempo. Alguno, proclamado emperador y honrado como tal, duró un solo día y en seguida terminó».

El imperio romano se había progresivamente extendido con la conquista de nuevas provincias. Esta continua conquista había permitido la explotación de siempre nuevas vastísimas tierras (Egipto era el granero de Roma, España y la Galia su viñedo y olivar). Roma se había adueñado de nuevas minas (Dacia había sido conquistada por sus minas de oro). Las guerras de conquista habían procurado turbas inmensas de esclavos (los prisioneros de guerra), mano de obra gratuita.

Hacia mediados del tercer siglo (alrededor del 250) se advirtió que la tranquilidad se había acabado. Al este se había formado el fuerte imperio de los sasánidas, que acarreó durísimos ataques a los romanos. En el 260 fue capturado el emperador Valeriano con todo el ejército de 70 mil hombres, y las provincias del este fueron devastadas. La peste asoló a las legiones sobrevivientes y se propagó pavorosamente a lo largo del imperio. Al norte se había formado otro conglomerado de pueblos fuertes: los godos. Inundaron a Mesia y Dacia. El emperador Decio y su ejército en el 251 fueron masacrados. Los godos bajaron devastando, desde el norte hasta Esparta, Atenas, Ravena. Los cúmulos de escombros que dejaban eran terribles. Perdieron la vida o fueron hechas esclavas la mayoría de las personas cultas, que no pudieron ser sustituidas. La vida regresó a un estado primitivo y selvático. La agricultura y el comercio fueron aniquilados.

En este tiempo de grave incertidumbre las seguridades garantizadas por el Estado se vienen abajo. Ahora son los gentiles (= paganos) quienes se vuelven «irracionales», y confían no ya en el orden imperial, sino en la protección de las divinidades más misteriosas y raras. Sobre el Quirinal se levanta un templo a la diosa egipcia Isis, el emperador Heliogábalo impone la adoración del dios Sol, la gente recurre a ritos mágicos para tener lejos la peste. Y sin embargo también en el siglo tercero hay años de terrible persecución contra los cristianos. No ya en nombre de su «irracionalidad» (en un mar de gente que se entrega a ritos mágicos, el cristianismo es ahora el único sistema racional), sino en nombre de la renacida limpieza étnica. Muchos emperadores (por más que sean bárbaros de nacimiento) ven en el retorno a la unidad centralizada el único camino de salvación. Y decretan la extinción de los cristianos cada vez más numerosos para arrojar fuera de la etnia romana este «cuerpo extraño» que se presenta cada vez más como una etnia nueva, pronta a sustituir la ya declinante del imperio fundado sobre las armas, la rapiña, la violencia.

3.2. Septimio Severo, Maximino el Tracio, Decio y Treboniano Gallo

Emperador Septimio Severo

Con Septimio Severo (193-211), fundador de la dinastía siria, parece anunciarse para el cristianismo una fase de desarrollo sin estorbos. Cristianos ocupan en la corte cargos influyentes. Sólo en su décimo año de reinado (202) el emperador cambia radicalmente de actitud. En el 202 aparece un edicto de Septimio Severo, que conmina graves penas para quien se pase al judaísmo y a la religión cristiana. El cambio repentino del emperador, solamente se puede comprender pensando que él se dio cuenta de que los cristianos se unían cada vez más estrechamente en una sociedad religiosa universal y organizada, dotada de una fuerte capacidad íntima de oposición que a él, por consideraciones de política estatal, le parecía sospechosa.

Las devastaciones más llamativas las sufrieron la célebre Escuela de Alejandría y las comunidades cristianas de África.

Maximino el Tracio (235-238) tuvo una reacción violenta y cerril contra quien había sido amigo de su predecesor, Alejandro Severo, tolerante hacia los cristianos. Fue devastada la Iglesia de Roma con la deportación a las minas de Cerdeña de los dos jefes de la comunidad cristiana, el obispo Ponciano y el presbítero Hipólito.

Que la actitud hacia los cristianos no ha cambiado en el vulgo, nos lo manifiesta una verdadera caza a los cristianos que se desencadenó en Capadocia cuando se creyó ver en ellos a los culpables de un terremoto. La revuelta popular nos revela hasta qué punto los cristianos eran todavía considerados «extraños y maléficos» por la gente. (Cf K. Baus, Le origini, p. 282-287).

Bajo el emperador Decio (249-251) se desencadena la primera persecución sistemática contra la Iglesia, con la intención de desarraigarla definitivamente. Decio (que sucede a Filipo el Arabe, muy favorable a los cristianos si no cristiano él mismo) es un senador originario de Panonia, y está muy apegado a las tradiciones romanas. Sintiendo profundamente la disgregación política y económica del imperio, cree poder restaurar su unidad juntando todas las energías alrededor de los dioses protectores del Estado. Todos los habitantes están obligados a sacrificar a los dioses y reciben, después, certificados. Las comunidades cristianas se ven desconcertadas por la tempestad. Aquellos que rehúsan el acto de sumisión son arrestados, torturados, ejecutados: así en Roma el obispo Fabián, y con él muchos sacerdotes y laicos. En Alejandría hubo una persecución acompañada de saqueos. En Asia los mártires fueron numerosos: los obispos de Pérgamo, Antioquía, Jerusalén. El gran estudioso Orígenes fue sometido a una tortura deshumana, y sobrevivió cuatro años (reducido a una larva humana) a los suplicios.

 

 

 

 

San Cornelio

    

No todos los cristianos soportan la persecución. Muchos aceptan sacrificar. Otros, mediante propinas, obtienen a escondidas los famosos certificados. Entre ellos, según la carta 67 de Cipriano, hay a lo menos dos obispos españoles. La persecución, que parece herir mortalmente a la Iglesia, termina con la muerte de Decio en combate contra los godos en la llanura de Dobrugia (Rumania). (Cf M. Clèvenot, I Cristiani e il potere, p. 179 s.). Los siete años sucesivos (250-257) son años de tranquilidad para la Iglesia, turbada solamente en Roma por una breve oleada de persecución cuando el emperador Treboniano Gallo (251-253) hace arrestar al jefe de la comunidad cristiana Cornelio y lo destierra a Centum Cellae (Civitavecchia). La conducta de Galo se debió probablemente a condescendencia para con los humores del pueblo, que atribuía a los cristianos la culpa de la peste que asolaba al imperio. El cristianismo era todavía visto como «superstición» extraña y maléfica (Cf K. Baus, Le origini, p. 292).

3.3. Valeriano y las finanzas del Imperio

En el cuarto año del reinado de Valeriano (257) se originó una imprevista, dura y cruenta persecución de los cristianos. No se trató, sin embargo, de un asunto de religión, sino de dinero. Ante la precaria situación del imperio, el consejero imperial (más tarde, usurpador) Macriano indujo a Valeriano a intentar taponarla secuestrando los bienes de los cristianos acaudalados. Hubo mártires ilustres (desde el obispo Cipriano a papa Sixto II, al diácono Lorenzo). Pero fue tan solo un robo encubierto por motivos ideológicos, que terminó con el trágico fin de Valeriano. En el 259 cayó éste prisionero de los persas con todo su ejército y fue obligado a una vida de esclavo, que lo llevó a la muerte.
Los cuarenta años de paz que siguieron, favorecieron el desarrollo interno y externo de la Iglesia. Varios cristianos subieron a altos cargos del Estado y se mostraron hombres capaces y honestos.

3.4. El desastre financiero recae sobre Diocleciano

 

 

 

Emperador Aureliano

    

En el 271 el emperador Aureliano ordenó a los soldados y a los ciudadanos romanos abandonar a los godos la vasta provincia de Dacia y sus minas de oro: la defensa de esas tierras costaba ya demasiada sangre.

Puesto que no había más provincias para conquistar y explotar, toda la atención se dirigió al ciudadano común. Sobre él se abatieron impuestos, obligaciones, prestaciones (manutención de acueductos, canales, cloacas, caminos, edificios públicos...) cada vez más onerosos. Literalmente ya no se sabía si se trabajaba para sobrevivir o para pagar los impuestos. En el año 284, después de una brillante carrera militar, fue aclamado emperador Diocleciano, de origen dálmata. Debido al desastre de las provincias, en lo sucesivo los impuestos serían pagados per cápita y por yugada, es decir, un tanto por cada persona y por cada pedazo de terreno cultivable.

El cobro fue confiado a una burocracia enorme que no se dejaba escapar nada haciendo imposible evadir el fisco, que castigaba de manera deshumana a quien lo hacía y que costaba muchísimo al Estado.

Los impuestos eran tan pesados que quitaban la gana de trabajar. Remedio: Se prohibió abandonar el puesto de trabajo, el pedazo de tierra que se cultivaba, el taller, el uniforme militar.

«Tuvo así inicio -escribe F. Oertel, profesor de historia antigua en la Universidad de Bonn- la feroz tentativa del Estado de exprimir la población hasta la última gota... Bajo Diocleciano se realizó un integral socialismo de Estado: terrorismo de funcionarios, fortísima limitación a la acción individual, progresiva interferencia estatal, gravosa tasación».

Las persecuciones: siglo IV

4.1. Persecución de Galerio en nombre de Diocleciano

 

 

 

Emperador Diocleciano

    

Los primeros veinte años del reinado de Diocleciano no vieron molestados a los cristianos. En el 303, como un lance imprevisto, se disparó la última gran persecución contra los cristianos. «Es obra de Galerio, el ’César’ de Diocleciano -escribe F. Ruggiero-. Él puso término en el 303 a la política prudente de Diocleciano, quien se había abstenido, no obstante abrigara sentimientos tradicionalistas, de actos intransigentes e intolerantes». Cuatro edictos consecutivos (febrero del 303- febrero del 304) impusieron a los cristianos la destrucción de las iglesias, la confiscación de los bienes, la entrega de los libros sagrados, la tortura hasta la muerte para quien no sacrificara al emperador. Como siempre, es difícil determinar qué motivos pudieron inducir a Diocleciano a aprobar una política así. Se puede suponer que haya sido objeto de presiones por parte de los ambientes paganos fanáticos que estaban detrás de Galerio. En una situación de «angustia difusa» (como la llama Dodds), solo el retorno a la antigua fe de Roma podía, a juicio de Galerio y sus amigos, reanimar al pueblo y persuadirlo a afrontar tantos sacrificios. Hacía falta un retorno a vetera instituta, es decir, a las antiguas leyes y a la tradicional disciplina romana. La persecución alcanzó su máxima intensidad en Oriente, especialmente en Siria, Egipto y Asia Menor. A Diocleciano, que abdicó en el 305, le sucedió como «Augusto» Galerio, y como «César» Maximino Daya, quien se demostró más fanático que él.

Solo en el 311, seis días antes de morir por un cáncer en la garganta, Galerio emanó un airado decreto con que detenía la persecución. Con ese decreto (que históricamente marcó la definitiva libertad de ser cristianos), Galerio deploraba la obstinación, la locura de los cristianos que en gran número se habían rehusado a volver a la religión de la antigua Roma; declaraba que perseguir a los cristianos ya era inútil; y los exhortaba a rezar a su Dios por la salud del emperador.

Comentando ese decreto, F. Ruggiero escribe: «Los cristianos habían sido un enemigo extremadamente anómalo. Por más de dos siglos Roma había tratado de reabsorberlos en su propio tejido social... Físicamente dentro de la civitas Romana, pero en muchos aspectos ajenos a ella», habían al final determinado «una radical transformación de la civitas misma en sentido cristiano».

4.2. La revolución profunda

Las últimas persecuciones sistemáticas del tercero y cuarto siglo habían resultado ineficaces como las esporádicas del primero y segundo siglo. La limpieza étnica invocada y sostenida por los intelectuales grecorromanos no se había llevado a cabo. ¿Por qué?

Porque las acusaciones indignadas de Celso («juntando gente ignorante, que pertenece a la población más vil, los cristianos desprecian los honores y la púrpura, y llegan hasta llamarse indistintamente hermanos y hermanas») habían resultado a la larga el mejor elogio de los cristianos. El llamamiento a la dignidad de cada persona, aun la más humilde, y a la igualdad frente a Dios (la punta más revolucionaria del mensaje cristiano) había hecho silenciosamente su camino en la conciencia de tantas personas y de tantos pueblos, a quienes los romanos habían relegado a una posición miserable de esclavos por nacimiento y de basura humana.

 

Tomado de la pagina : http://www.primeroscristianos.com/persecuciones/persecuciones_s1.html

 



Vida de las Primeras Comunidades Cristianas

 Vida de las Primeras Comunidades Cristianas

Al principio, las primeras comunidades, no lograron alcanzar plenamente una vida ideal. Su vida debía seguir siempre el ideal de la Iglesia. En los Hechos de los Apóstoles, la vida de la primera comunidad se agrupa en tres apartados:

a) En el interior de la comunidad: la comunidad.

b) En su relación con Dios: la oración, los ritos y las celebraciones.

c) En su actividad hacia fuera: la misión.

a) En el interior de una comunidad: la comunión.

«Comunión» significa «común-unión», unión de todos. Esta comunión se consigue con la fe en Jesús, cuando todos se sienten hermanos. Vivían unidos como auténticos hermanos, compartiendo sus bienes con los que lo necesitaban, reunidos en torno a los apóstoles que eran el motor de la comunidad. De los apóstoles recibían las enseñanzas y las noticias sobre la vida de Jesús. Se alimentaban con su predicación y así iban creciendo en la fe y en la unión. La gente al verlos decía: «Mirad como se aman».

b) En su relación con Dios: la oración, los ritos y las celebraciones.

La oración era una actividad cotidiana y frecuente entre los primeros cristianos.

Las realizaban en el templo, en Jerusalén o en sus casas (las Iglesias todavía no existían). También oraban en ocasiones especiales, cuando tenían que tomar una decisión importante o algún hermano estaba en peligro, pero estas oraciones frecuentemente iban acompañadas con algún rito.

Entre los ritos y celebraciones, los primeros cristianos practicaron sobre todo la «fracción del pan», que es el nombre que se le da a la eucaristía y que se celebraba en las casa siguiendo el mandato de Jesús. También aparece el bautismo como rito de entrada en la comunidad y la imposición de las manos para la transmisión del Espíritu Santo o para algún encargo especial de la comunidad.

c) En su actividad hacia fuera: la misión.

Los cristianos de las primeras comunidades eran conscientes de que el evangelio era una buena noticia y había que predicarla. Y por eso no solo los apóstoles, (aunque especialmente ellos) se dedicaban a predicar y anunciar el evangelio, se dedicaban todos los que creían en Jesús. Al principio se dirigían a los judíos, pero después, iniciaron una misión hacia los demás pueblos cercanos.

LA FE: FIARSE DE DIOS

LA FE: FIARSE DE DIOS

EL "DEPÓSITO" DE LA FE Y EL MAGISTERIO

«Dios quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservara íntegro y fuera transmitido a todas las edades. Por eso Cristo nuestro Señor, plenitud de la revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todo el mundo el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos; el Evangelio prometido por los profetas, que El mismo cumplió y promulgó con su boca. Este mandato se cumplió fielmente, pues los Apóstoles con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó; además, los mismos Apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito al mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo» (Const. dogm. Dei Verbum, n. 7).

Los Apóstoles y los demás discípulos pusieron una exquisita atención en la custodia y trasmisión de la doctrina que recibieron de Jesús. Desde el primer momento aparece la Tradición e inmediatamente o un poco más tarde, una parte de lo revelado se recogió en libros escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, y que por esta razón reciben también el nombre de Sagrada Escritura. La parte de lo revelado no recogido por escrito seguía viva también en el seno del pueblo cristiano y fue entregada asimismo de una generación a la siguiente, por eso se le suele denominar como Tradición (detraditio, entrega). La Sagrada Tradición nos transmite, entre otras cosas, la relación de los libros inspirados por el Espíritu Santo. Por eso no basta el criterio protestante de la sola Escritura, pues por ella sola no podríamos saber cuál es la relación de libros inspirados.

Sagrada Escritura y Tradición forman como un depósito, algo que se ha recibido y que hay que guardar sin cambiar nada. Con palabras del Concilio Vaticano I, «la doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada» (Concilio Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, cap. 3).

QUERER CREER

Dios nos ha mostrado en su Hijo Jesucristo una serie de verdades sobrenaturales en orden a la salvación. Como estas verdades no son evidentes para la razón humana, se precisa una ayuda de Dios para creerlas -para tener fe- y, de otro lado, una buena voluntad por parte de cada persona.

El hombre por sí mismo no puede tener la virtud sobrenatural de la fe porque la fe es un don de Dios. «Es una virtud sobrenatural por la que, con inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por El ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni engañarse ni engañarnos» (Concilio Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, cap. 3). Como la fe es el principio de la humana salvación, es decir, que «sin la fe es imposible agradar a Dios» (Hb 11, 6), y «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2, 4), Dios está dispuesto a dar a todos y cada uno de los hombres este don, para darles la oportunidad de salvarse. Pero es preciso en cada persona una buena disposición para poder recibir este don: la humildad. La fe, la esperanza y la caridad llegan al alma con la gracia, y Dios da su gracia a los humildes, en cambio, a los soberbios los resiste (cfr. Pr 3, 34).

Dios nos da su gracia para que queramos creer, y nos ha dado, junto a la doctrina, la demostración de que lo que nos ha revelado es creíble, es más, que debe ser creído, porque ha demostrado su autoridad con milagros y profecías. Es razonable para una persona que tiene buena voluntad creer lo que Dios nos revela y la Iglesia nos enseña. Lo ilógico es no fiarse de Dios cuando se aprecia que los motivos de credibilidad son auténticos. Sin embargo, como los motivos de credibilidad no nos dan una evidencia sino una certeza moral, no mueven necesariamente nuestra inteligencia a asentir, por eso uno puede rechazar la revelación de Dios, y por eso también el acto de fe es siempre un acto libre, y por eso meritorio: para el acto de fe se requiere siempre un acto de la voluntad, querer creer.

Cuando se ha conocido la doctrina cristiana y no se cree, y en los casos de una fe adormecida, suele haber una mala disposición en la persona; no sólo una mala disposición en su inteligencia, sino en todo el hombre. Para reconocer los motivos de credibilidad y para otorgar el asentimiento de la fe hacen falta unas disposiciones morales: vida honesta, actitud de búsqueda de la verdad, sentido de responsabilidad, disposición a comprometerse y mantener las decisiones, etc. Cuando preguntaron a un convertido de muy santa vida, el célebre cardenal Newman, cómo había podido llegar a su situación estando anteriormente tan lejos de la Iglesia Católica, contestó: «No he pecado jamás contra la luz».

Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe, aceptar todo lo que nos dice, porque es Dios y tiene derecho a organizar nuestras vidas. Dios no se impone, sugiere. A nosotros nos toca hacernos niños: «Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3), nos advirtió el Señor. Obedecer a Dios y servirle es emplear bien la libertad; es más, es el único modo de lograr la verdadera libertad, «la libertad de la gloria de los hijos de Dios» (Rom 8, 21), porque es estar en la verdad, en la verdad de lo que es y ha de ser el hombre, y la verdad libera. Cuando se emplea bien la libertad -ese gran don que Dios da a cada hombre- en servir a Dios, se entiende que la fe es el mayor don que Dios puede hacer a una persona, pues con ella se puede alcanzar la felicidad eterna y la relativa felicidad de esta vida. En cambio, cuando uno no se fía de Dios, acaba esclavo de las tonterías de este mundo. Cuando no se cree en Dios, se acaba creyendo siempre en tonterías:

Una señora fue a un hotel y, antes de acostarse, pidió un vaso de agua caliente para tomar una pastilla. Lo colocó sobre la mesilla y se puso a leer un libro sobre espiritismo y fuerzas paranormales. Al poco tiempo sonó un clic y vio con sorpresa que se había desprendido del vaso una franja circular de cristal de un centímetro de ancho. Tocó el timbre y pidió otro vaso. A los pocos minutos oía otro clic y observaba con temor el mismo fenómeno. Pidió otro y al poco tiempo: otro clic con la rotura misteriosa. Horrorizada, la señora no sabía si invocar a un espíritu o marcharse del hotel. Optó por lo segundo. Durante años creyó en los fenómenos paranormales, hasta que un día en su casa apareció la sirvienta. Ella dio un respingo al verla con un vaso como la otra vez. La sirvienta le pidió excusas: se le había roto un vaso con un corte de casi dos centímetros paralelo al borde, pues al fregar no se había quitado la sortija, lo había rayado por dentro y al meterlo en agua caliente había saltado el trozo.

Dijeron los Apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor les dijo: «Si tuvieran fe como un grano de mostaza, habríais dicho a esta morera: «Arráncate y plántate en el mar» y os habría obedecido». (Lucas 17, 5-6)

Fue Arquímedes el que dijo: «Denme un punto de apoyo y removeré la tierra». Algo así podríamos decir: «Denme un hombre de fe, que realizará lo imposible».

Eso es lo que significa el poder de trasplantar la morera, un árbol de profundas raíces, al medio del mar. Lo cual no hace falta entenderlo al pie de la letra, porque expresa la fuerza, el dinamismo que la fe origina en el creyente, que le permite enfrentarse a todo, por muy difícil que sea.

Fe es fiarse, confiar. La fe nos lleva a poner nuestra seguridad en las manos de Dios. Podemos conocer poco de Dios, saber poca doctrina y, sin embargo, tener una gran fe, una gran seguridad en Dios. Y al revés, es posible ser un gran teólogo y saber mucho sobre Dios, y al mismo tiempo, tener poca fe, fiarse poco de Dios.

 http://www.jesusmartinezgarcia.org/jmg/libro13/index.html#pag3


 

 

Los Sacramentos de la Curación

Sacramento de Penitencia y Reconciliación

Sacramento de conversión: Porque realiza sacramentalmente el llamado de Jesús a la conversión, y el volver hacia el Padre del que el hombre se había alejado por el pecado.
 

Sacramento de la penitencia: porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador.
Sacramento de la confesión: porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento.
Sacramento del perdón: porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia "Dejaos reconciliar con Dios" (2 Co 5,20). El que vive del amor misericordioso de Dios, está pronto a responder a la llamada del Señor "Ve primero a reconciliarte con tu hermano" (Mt 5,24).

El sacramento de la Penitencia tiene un lugar relevante en la vida de la Iglesia. Esta es consciente de que Jesucristo le ha confiado, en los Apóstoles y en sus sucesores, el poder de perdonar los pecados. Por consiguiente, ha visto siempre en este sacramento el signo del perdón de Dios confiado a la propia Iglesia.
"Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo" (Mt 16,19)

El Bautismo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo, nos han hecho "santos e inmaculados ante Él" (Ef 1,4), pero no eliminan la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana - la inclinación al pecado - . La lucha diaria del cristiano contra el pecado y la tentación es la conversión con miras a la santidad a la cual nos llama Dios.

El Pecado
La realidad del mal es algo evidente para todo aquel que no quiera estar ciego ante lo que ocurre cotidianamente. Este mal es visto por el creyente como la expresión ante lo que ocurre cotidianamente. Este mal es visto por el creyente como la expresión de la ruptura que existe entre Dios y el ser humano, esa grieta que nace del corazón de cada persona y que separa a los hombres, oprime a los débiles, olvida a los pequeños e ineficaces. Esa ruptura es a lo que llamamos pecado.
El pecado conlleva tres dimensiones que están en relación continua, pero que al tiempo pueden diferenciarse:

  • El pecado como rechazo de sí mismo. Como fractura entre lo que realmente soy y lo que estoy llamado a ser, entre lo que realizo y aquello que, en virtud de mi capacidad, podría realizar.
  • El pecado como rechazo a los demás. Notablemente unida a la anterior, pues mis opciones por acaparar, conservar o utilizar mis cualidades y dones para mi propio beneficio y disfrute, privan a otros de posibilidades y esperanzas.
  • El pecado como rechazo a Dios. Detrás de las dos dimensiones anteriores, mas profundo que ellas mismas, está el rechazo de un Hacedor, de un Señor, del que recibo el don y la cualidad. Al afirmarme a mi mismo, niego al otro como humano, pero niego al Otro como Dios.

Gradualidad del pecado
El pecado tiene una gradualidad. No todo es igual ni toda opción compromete de igual manera a la persona. Por ello, podemos establecer tres situaciones diferentes:

  • Pecado mortal. Es una opción libre, premeditada, consciente, que implica una ruptura radical con Dios y con los demás.
  • Podemos encontrar, también, situaciones en las que, pese a que la acción es grave en sí misma, las circunstancias que la rodean se orientan a dibujar una realidad en la que no hay pleno consentimiento ni libertado total. Se manifiesta todo ello en la inmediata reacción de la persona para repararlo, para evitar las circunstancias que lo facilitaron, etc.
  • Pecado venial. Que hace referencia a las faltas cotidianas, son signos de nuestra debilidad y limitación, de nuestra falta de amor a los demás y a Dios.

La Conversión
Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino "Hablaba de esta forma: "El plazo está vencido, el Reino de Dios se ha acercado. Tomen otro camino y crean en la Buena Nueva" (Mc 1, 15)
En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental.
Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores".

De ello da testimonio la conversión de San Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento y , tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él. La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: "¡Arrepiéntete!". (Ap 2,5.16).

San Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, "en la Iglesia, existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia".

 Significado de este Sacramento

El sacramento de la penitencia es un encuentro gozoso de reconciliación. En él intervienen siempre tres sujetos que lo configuran como sacramento: Dios, que busca, salva y renueva a la persona; la Iglesia, que hace visible en su seno el encuentro de reconciliación y la persona, que acoge en su propia vida el don de la reconciliación.

  • La misericordia entrañable de Dios
    La reconciliación es, fundamentalmente una obra de Dios. Una obra en la que interviene tal como es: Un Padre que busca a sus hijos perdidos, que sale a su encuentro constantemente. Este es el significado profundo de toda la Historia de la Salvación. Un Padre que busca a sus hijos de formas diversas para otorgarles su propio hogar, su propia alegría, su propia vida.
  • Hijo que, en su Muerte y Resurrección, manifiesta lo que es la reconciliación: un proceso de lucha contra el mal, una entrega al servicio de los demás, un camino de dolor (vía curcis) hacia una situación nueva de amor.
  • Espíritu que es la misma vida de Dios derramada sobre los creyentes, que nos mueve a la conversión, nos transforma y nos renueva en la fe.
    La Iglesia, hace visible el sacramento de la Penitencia
    La Iglesia, familia de los que siguen a Jesús, participan de su Espíritu y se reconocen hijos del mismo Padre, se interesa por la situación de cada uno de sus miembros. No puede quedar indiferente ante el pecado de uno de sus componentes que necesariamente afecta a la comunidad entera. Todo esto se manifiesta mediante:
  • La presencia de la Iglesia, a través de la Palabra de Dios que a todos invita a la conversión, los signos litúrgicos que para todos expresan el perdón y el servicio ministerial del sacerdote que simboliza la presencia de Cristo, la apostolicidad y el envío de Jesús.
  • La absolución del ministro ordenado que hace presente a Cristo y a la Iglesia, no es sólo una expresión de la buena noticia del perdón de los pecados o una mera declaración de que Dios lo ha perdonado; gracias a ella, somos readmitidos a la plena comunión eclesial. El sacramento de la penitencia es un tribunal de gracia, en el que Dios, Padre misericordioso, vuelve justo al pecador por la muerte y resurrección de Jesucristo en el Espíritu Santo (CIC 1461-1467)
  • La ayuda y acompañamiento de la comunidad particular. La intervención de la Iglesia en el proceso penitencial se concreta en el perdón mutuo y la corrección fraterna, la palabra de ánimo y la propia celebración del sacramento. El hombre al encuentro con Dios misericordioso.

El ser humano al encuentro con Dios misericordioso
Sin embargo, todo lo hasta aquí dicho no puede realizarse si el hombre no acoge el don que el Padre le ofrece: Dios no puede reconciliar a quien no quiere reconciliarse.

Por eso los actos del penitente son de la máxima importancia y pueden reducirse a tres:

  • Conversión: llamada también contrición. Puede ser perfecta, cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas y obtiene el perdón de los pecados veniales y también de los mortales, siempre que haya firme resolución de confesar tan pronto sea posible. Es imperfecta, cuando, movidos por la gracia de Dios y bajo el impulso del Espíritu Santo, brota de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. (CIC 1451-1453)
  • Confesión de los pecados: La Iglesia reconoce que hay diferentes maneras de expresar externamente esta confesión. Todas ellas son válidas y suficientes siempre que no se trate de pecados que supongan una ruptura con Dios y la Iglesia. Cuando se trata de un pecado mortal, donde queda comprometida esta relación la Iglesia estima la confesión oral de ese pecado.
    La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la Penitencia. "En la confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia tras haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos mandamientos del Decálogo, pues a veces, estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los qua han sido cometidos a la vista de todos".
    "Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido. Quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote. Porque si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora" (Concilio de Trento "doctrina sobre el Sacramento de la Penitencia)
  • La satisfacción: Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó.
    La penitencia que el confesor impone debe tener en cuanta la situación personal del penitente y buscar su bien espiritual. Puede constituir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar.

"En el sacramento de la Penitencia, Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo, y derramó el Espíritu Santo, para el perdón de los pecados, por el ministerio de la Iglesia, perdona al cristiano los pecados cometidos después del Bautismo"

Efectos de este Sacramento

  • Nos restituye la Gracia de Dios para estar en condiciones de enfrentar la tentación y el pecado.
  • Nos reconcilia con Dios, uniéndonos nuevamente en profunda amistad con Él y dando como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia
  • Nos reconcilia con la Iglesia, pues el pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. Como la Iglesia es un solo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, el pecado cometido por uno de sus miembros daña a todo el cuerpo. La reconciliación tiene un efecto vivificante, fortaleciendo al Cuerpo de Cristo por el intercambio de los bienes espirituales entre sus miembros.
  • Se anticipa en cierta manera el juicio al que seremos sometidos al fin de la vida terrena, pues sólo por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino de Dios.

 Celebración

Como Todos los sacramentos, la reconciliación es una acción litúrgica. Básicamente este sacramento está constituido por tres actos realizados por el penitente y por la absolución del sacerdote.

  • Arrepentimiento o contrición, dolor del alma y un rechazo al pecado cometido con la resolución de no volver a pecar.
  • Confesión de los pecados.
  • Satisfacción o penitencia
  • La Absolución que el sacerdote da en nombre de Dios.

 Indulgencias

El pecado tiene una doble consecuencia. El pecado mortal nos priva de la comunión con Dios y nos hace incapaces de la vida eterna, nos hace merecedores de la pena eterna. El sacramento de la Reconciliación nos perdona el pecado mortal, pero no nos libera de la necesidad de purificación, que debemos cumplir durante la vida terrena o después de la muerte, en lo que se llama purgatorio. También necesitamos purificarnos de los pecados veniales, aun cuando estemos arrepentidos. Esta purificación libera de lo que se llama la pena temporal del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como castigo de Dios, sino como una consecuencia del pecado.

Ante la presencia de Dios Padre el hombre debe llegar sin mancha alguna. El sacramento de la Reconciliación, perdona los pecados y nos libra de la pena eterna, pero no de la temporal, es decir, no nos purifica completamente, quedan en nuestra alma las huellas de los pecados cometidos y de los apegos desordenados a las cosas terrenas. La conversión que se manifiesta en un verdadero amor al prójimo, puede lograr en el hombre una total purificación. El esfuerzo del cristiano por soportar pacientemente los sufrimientos y las pruebas de la vida ayudan también a esa purificación.

La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal de los pecados ya perdonados y cumpliendo determinadas condiciones consigue, por medio de la Iglesia, la purificación parcial o plena de las almas. Por eso se llaman indulgencias parciales o plenarias. La Iglesia otorga estas indulgencias en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús.

Las indulgencias pueden ser ganadas por los fieles para sí mismos, o pueden aplicarse por los difuntos. No pueden en cambio aplicarse a otra persona viva. Para ganar indulgencias es necesario estar en estado de gracia, tener intención de ganarla, realizar la acción estipulada por la Iglesia y tener un corazón arrepentido.

Las indulgencias parciales se ganan con acciones simples y cotidianas como el deber cumplido con alegría, oraciones y obras de misericordia.
Las indulgencias plenarias se ganan con ejercicios piadosos como la visita y adoración al Santísimo, el rezo del Rosario, del Vía-crucis, asistir a ejercicios espirituales en cuaresma, etc. La Iglesia continuamente informa de las ocasiones propicias para ganar indulgencias.

 

"Cristo con su sufrimiento en la Cruz ha tocado las raíces mismas del mal: las del pecado y las de la muerte. Ha vencido al artífice del mal, que es Satanás, aunque su rebelión permanece contra el Creador. Ante el hermano o la hermana que sufren, Cristo abre y despliega gradualmente los horizontes del Reino de Dios, de un mundo convertido al Creador, de un mundo liberado del pecado, que se está edificando sobre el poder salvífico del amor. Y, de una forma lenta, pero eficaz, Cristo introduce en el mundo, en este Reino del Padre, al hombre que sufre, en cierto modo a través de lo íntimo de su sufrimiento" (Juan Pablo II, Carta Apostólica sobre el sentido cristiano del sufrimiento)

El sacramento de la Unción de los Enfermos

La enfermedad es algo que incide en todo hombre y le afecta en lo mas profundo de su ser. El hombre experimenta en ella su limitación y descubre la soledad, el abatimiento, la preocupación, la angustia e incluso la desesperación. Por otro lado, la enfermedad pone en evidencia todo aquello que es transitorio, apariencia, circunstancial y muestra lo que es verdadero y perdura.

La escritura ve en la enfermedad un efecto del pecado, un indicio del mal y el dolor que hacen realidad las palabras del apóstol Pablo en su carta a los Romanos (Rm 8,22-24), cuando señala que toda la Creación gime por la plena manifestación de los hijos de Dios, incluso nosotros mismos, que tenemos el Espíritu como anticipo, participamos del universal dolor de parto aguardando la plenitud de la Nueva Creación.

Juan Pablo II decía en una de sus alocuciones: El sufrimiento es también una realidad misteriosa y desconcertante. Pero nosotros -cristianos- mirando a Jesús crucificado encontramos la fuerza para aceptar este misterio. El Cristiano sabe que, tras el pecado original, la historia humana es siempre un riesgo; pero sabe también que Dios mismo ha querido entrar en nuestro dolor, experimentar nuestra alegría, pasar por la agonía del espíritu y desgarramiento del cuerpo. La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para lograr la eternidad"

Jesús aparece en los Evangelios como el gran adversario y el vencedor de la enfermedad. Debido a esta actuación de Jesús, la Iglesia siempre se ha sentido llamada a una especial solicitud hacia los enfermos, procurándoles el alivio y fortaleza. Por medio de esta sacramento se nos manifiesta que Dios no olvida a las personas gravemente enfermas, ni a los ancianos, ni aquellos que se encuentran en un momento difícil. Al contrario como Padre lleno de bondad, ha preparado un apoyo para aquellos hijos suyos.

Este gesto sacramental que realiza la comunidad cristiana se basa en la conducta de Jesús, insinuándose en el relato de la misión de los apóstoles:
"Ellos se fueron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Mc 6, 12-13)

 Significado de la Unción de los Enfermos

El sacramento de la Unción es el sacramento de la esperanza teologal, de la esperanza de entrar en la Gloria; de la entrega tranquila del espíritu en los brazos amorosos del Padre-Dios; en los brazos en los que Cristo entregó el suyo desde la Cruz. No de una esperanza que fija su meta en el bien físico de la salud corporal, sino de una esperanza teologal que tiene puesta la vista en la resurrección de ese cuerpo dolorido que ahora está ungido con el óleo, y en su destino final que es la Gloria.

No es un remedio terapéutico de la enfermedad del cuerpo, pero al infundirle fe y esperanza al enfermo, bien puede aliviarle suavizándole la enfermedad, haciéndola mucho más llevadera..., e incluso sanándola, si ello ha de redundar en bien del alma. (Esta doctrina está recogida en el Concilio de Trento, de acuerdo con la Tradición de la Iglesia)

En el sacramento de la Unción de los Enfermos se realizan dos gestos o signos que tienen un profundo sentido: la imposición de manos y la unción con aceite.

El mismo Jesús practicó el gesto de la imposición de manos sobre los enfermos (Mc 6,5; Mt 8,3; Lc 4,40) y lo encargó a sus discípulos (Mc 6,18), que lo practicaron habitualmente (Hch 9, 12.17; 28,8) Es un signo de la bendición que este sacramento confiere.

Respecto a la unción, los seguidores de Jesús, aún cuando estaban con él, ungieron a los enfermos (Mc 6,13) y el mismo Jesús utilizará otros símbolos como la saliva (Mc 7,32-33; 8,23; Jn 9,6) para devolver la salud. Esta unción con aceite simboliza la unción del Espíritu que conforta y auxilia en la enfermedad, identificando al cristiano con Jesucristo resucitado.
El sentido fundamental de este sacramento lo podemos concretar en estas afirmaciones:

  • A través del sacramento de la Unción, la Iglesia se dirige al Señor para pedir la salvación y el alivio de sus miembros enfermos, así como la fortaleza para aquellos que afrontan la debilidad de la vejez.
  • Por la Unción, el enfermo y el anciano se ven fortalecidos en su fe porque se hace patente la relación profunda que su situación guarda con la muerte y resurrección de Jesucristo.
  • Este sacramento perdona los pecados de aquel que lo recibe, haciendo presente la misericordia de Dios
  • La solidaridad y el servicio de la Iglesia para con sus enfermos y ancianos se concentran litúrgicamente en los gestos que se realizan en este sacramento.

Son receptores del sacramento:

  • Los fieles que por enfermedad grave o a causa de su avanzada edad se encuentran en peligro de muerte. El sacramento puede repetirse si el enfermo recupera de nuevo sus fuerzas después de recibir la Unción de los Enfermos o si durante la misma enfermedad se presenta una nueva recaída.
  • Los que vayan a someterse a una intervención quirúrgica como consecuencia de una enfermedad peligrosa.


 Efectos de este Sacramento

  • Un don particular del Espíritu Santo. La primera gracia es de consuelo, paz y ánimo para vencer las dificultades propias de la enfermedad o la fragilidad de l vejez. Es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, como el desaliento y la desesperación.
  • El perdón de los pecados. Pues se requiere además el arrepentimiento y confesión de la persona que recibe el sacramento.
  • La unión a la Pasión de Cristo. Se recibe la fuerza y el don para unirse con Cristo en su Pasión y alcanzar los frutos redentores del Salvador.
  • Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento, uniéndose libremente a la Pasión y Muerte de Jesús, contribuyen al bien del Pueblo de Dios y a su santificación.
  • Una preparación para el paso a la vida eterna. Este sacramento acaba por conformarnos con la muerte y resurrección de Cristo como el bautismo había comenzado a hacerlo. La Unción del Bautismo sella en nosotros la vida nueva, la de la Confirmación nos fortalece para el combate de la vida. Esta última unción, ofrece un escudo para defenderse de los últimos combates y entrar en la Casa del Padre. Se ofrece a los que están próximos a morir, junto con la Eucaristía como un "viático" para el último viaje del hombre.

 Celebración de la Unción de los Enfermos

El sacramento como tal, se administra dentro de una celebración litúrgica y solo los sacerdotes obispos y presbíteros, pueden administrarlo. La liturgia sacramental, en su forma renovada, concuerda con lo que dice la Carta de Santiago. Comienza con la imposición de manos del sacerdote en silencio y con una alabanza del aceite consagrado, que en su forma básica se remonta al siglo IV

El signo sacramental quedó fijado en la Constitución apostólica del Pablo VI del modo siguiente: "El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a aquellos cuyo estado de salud implica un peligro de muerte, ungiéndoles en la frente y en las manos con aceite de oliva consagrado en la forma reglamentaria... y pronunciando las siguientes palabras: Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Amén"

Usualmente, el aceite utilizado en este sacramento ha sido bendecido por el Obispo en la misa crismal del Jueves Santo, en la que se bendicen también los óleos sagrados que a lo largo de todo el año se van a utilizar para el Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacramental.

Siempre que sea posible, la unción debe ofrecerse pronto al enfermo y se le debe administrar en una celebración en la que esté presente la comunidad local, por lo menos mediante los familiares, amigos y algunas de las personas que lo asisten.

La celebración litúrgica consta de las siguientes partes:

  • Saludo y preparación
  • Liturgia de la Palabra
  • Liturgia sacramental, que a su vez se compone de: imposición de manos por parte del sacerdote, alabanza del aceite consagrado, signo sacramental por el que se unge la frente y las manos del enfermo al tiempo que se dice " Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Amén"
    Además, puede participar el enfermo de la comunión del Cuerpo de Cristo que, en peligro de muerte, se llama viático, es decir, alimento para el último viaje.

http://www.rosario.org.mx/liturgia/uncion%20enfermos.htm

Los Sacramentos de Iniciación Cristiana

 

Los sacramentos de la iniciación cristiana

La iniciación cristiana se realiza mediante los sacramentos que ponen los fundamentos de la vida cristiana. Los fieles, renacidos por el Bautismo, se fortalecen con la Confirmación y son alimentados en la Eucaristía.

Introducción

1. Mediante los sacramentos de la Iniciación Cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos de toda vida cristiana. "La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la Iniciación Cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad".

2. La comunión de vida en la Iglesia se obtiene por los sacramentos de la Iniciación Cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. El Bautismo es "la puerta de la vida espiritual: pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia". Los bautizados, al recibir la Confirmación "se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras". El proceso de la Iniciación Cristiana se perfecciona y culmina con la recepción de la Eucaristía, por la cual el bautizado se inserta plenamente en el Cuerpo de Cristo.

3. De acuerdo al Magisterio y a la Tradición de la Iglesia, es muy claro que el orden normal de los sacramentos de la Iniciación Cristiana, para quienes comienzan con el Bautismo de niños es: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

El Sacramento del Bautismo

El término Bautismo procede del verbo griego baptizein, que significa sumergir, lavar. El simbolismo de los efectos del agua como signo de purificación es muy común en la historia de las religiones. Sabemos que Juan Bautista daba el bautismo a todos aquellos que aceptaban su predicación como cambio de vida.

Jesucristo enseñó a los apóstoles un bautismo diferente del conocido por los judíos. No era sólo un símbolo, sino una verdadera purificación y un llenarse del Espíritu Santo. Juan Bautista lo había anunciado: "Yo bautizo con agua, pero pronto va a venir el que es más poderoso que yo, al que yo no soy digno de soltarle los cordones de sus zapatos; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego".
(Lc 3,16)

El hecho más importante para interpretar el Bautismo cristiano es el Bautismo de Jesús, en el que culminan las prefiguraciones del Antiguo Testamento sobre este sacramento.

Los cuatro evangelios cuentan el Bautismo que recibió Jesús (Mc 1, 9-11; Mt 3, 13-17; Lc 3, 21-22; Jn 1, 32-34) y los cuatro conceden excepcional importancia a este hecho porque representa el punto de partida y el comienzo del ministerio público de Jesús (Hch 1,22; 10,37; 1 Jn 5.6). Todos los evangelistas coinciden en narrar dos cosas:

  • El descenso del Espíritu
  • La proclamación divina asociada a la venida del Espíritu Santo

Según el judaísmo antiguo, la comunicación del Espíritu significa la inspiración profética. La persona que recibe el Espíritu es llamada por Dios para ser su mensajero (Eclo 48,24; Dn 13,45). Por lo tanto, en el momento del bautismo, Jesús recibió del Padre la vocación y el destino que marcó y orientó su vida.

La proclamación divina "Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco" (Mc 1,11; Mt 3,17; Lc 3,22), acompañó la venida del Espíritu. Estas palabras evocan el texto de Isaías que da inicio a los cantos del Siervo de Yahvé (Is 42,1); este Siervo es el hombre solidario con el pueblo pecador, al que libera y salva a través de su sufrimiento y muerte. (Is 53, 1-12).

Con ocasión de su Bautismo, Jesús experimentó su vocación, aceptando la misión y el destino que le llevarían a su muerte violenta. Así se explica que las dos únicas veces que Jesús utiliza el verbo bautizar (Mc 10,38; Lc 12,50) sea para referirse a su propia muerte.
El bautismo par Jesús tiene un sentido concreto: es el acto y el momento en que el hombre asume conscientemente una vocación y un destino en la vida, la vocación y el destino de la solidaridad incondicional con los hombres, especialmente los más pobres, hasta llegar a la misma muerte.

Juan bautizaba en vistas al juicio último de Dios; el Bautismo cristiano es la participación en la muerte y resurrección de Jesucristo; es decir, el bautizado ha muerto a una forma de existencia, para nacer a otra nueva que no acabará jamás.

La Iglesia bautiza porque así realiza el mandato de Jesús resucitado y porque está llena del Espíritu Santo para comunicar la salvación a través de este sacramento.

El Bautismo es el sacramento de la fe (Mc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Solo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los cristianos. La fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Cuando se trata del Bautismo de niños, para su crecimiento en la fe es necesaria la ayuda de los padres y padrinos (CIC 1253-1255)

 El significado del Bautismo

El Bautismo, por ser un sacramento de iniciación, tiene unos efectos de regeneración e incorporación muy especiales:
"Al bautizado le son perdonados los pecados y recibe una vida nueva, se une a la muerte y resurrección de Jesucristo, participa de su misión sacerdotal, profética y real y es incorporado a la Iglesia"


Perdona los pecados y da una vida nueva
El paso del mar Rojo fue para los israelitas el paso de la esclavitud a la libertad. Por eso el Bautismo, que vinculó a aquellos hombres al destino de Moisés ( 1 Cor 10,2), fue el bautismo de la liberación.

Así mismo, el Bautismo cristiano comporta una experiencia de liberación: de la misma forma que el paso del mar Rojo fue para los israelitas la experiencia fundamental de su liberación, así el paso por el agua bautismal comporta para los cristianos la experiencia de su propia libertad.

Por el bautismo, el cristiano se separa del destino colectivo de una humanidad fatalmente sometida a la esclavitud del pecado, liberándose del pecado original que corrompe y desgarra al hombre y al mundo. La persona que ha vivido la experiencia del Bautismo, ha vivido la experiencia de la liberación del pecado. El pecado ya no tiene dominio sobre los cristianos ( 1 Jn 3, 5-6)

Para el bautizado no existe más ley que la del amor, a eso re refiere Pablo en Rm 13, 8-10 y en Gal 5, 14. Luego la experiencia fundamental del creyente en el Bautismo es la experiencia del amor, no sólo del amor a Dios, sino también del amor al prójimo.

Une al bautizado a la Muerte y Resurrección de Jesucristo.
De la misma manera que Jesús pasó por la muerte, para llegar a una vida sin límites, igualmente el cristiano tiene que pasar por una muerte (el Bautismo), para empezar una nueva vida, la vida de la fe, la vida propia del cristiano. Esto es lo que dice san Pablo en su carta a los Romanos:
"¿Ignoráis acaso que todos a quienes el bautismo ha vinculado a Cristo hemos sido vinculados a su muerte?. En efecto, por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo ha resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección" (Rm 6, 3-5)

"Morir con Cristo" significa morir al mundo, al orden establecido, como fundamento de la vida del hombre (Gal 6,14) o a los poderes del mundo que esclavizan (Col 2,20), a la esclavitud de la ley (Rom 7,6), a la vida en pecado (Rom 6,6) o a la vida para sí mismo ( 2 Cor 5, 14-15).

Hace participar al bautizado de la misión sacerdotal, profética y real de Jesucristo
Quien recibe el Bautismo queda revestido de Jesús el Mesías, lo que significa que la misma vida de Cristo está presente y actúa en el que ha recibido el Bautismo.
El bautizado, unido a Cristo en la Iglesia, es como Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, y está llamado a dar testimonio del Señor en este mundo. El Concilio Vaticano II ha enseñado que "los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y la unción del Espíritu Santo"
( LG 10; cfr. 1 Pe 2, 9-10).

El Bautismo imprime en el cristiano, un sello espiritual indeleble de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación. Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser reiterado.


Incorpora al bautizado a la Iglesia
La Iglesia es la comunidad de los bautizados, pues el efecto fundamental del Bautismo es incorporar al hombre a la comunidad de la Iglesia. La Iglesia es la comunidad de los que libre y conscientemente han asumido como destino en la vida sufrir y morir por los demás, es decir, la Iglesia es la comunidad de los que viven para los demás; es así mismo, la comunidad de los que se han revestido de Cristo, reproduciendo en su vida lo que fue la vida de Jesús el Mesías.

La costumbre de bautizar a los niños desde pequeños data desde los primeros siglos de la Iglesia, pues no es posible privarlos de los efectos que el sacramento produce. El hombre nace con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, por lo que necesita el nuevo nacimiento en el Bautismo para recibir la Gracia Divina.

 La celebración del Bautismo
¿Quién puede recibir el Bautismo y quién lo puede administrar?
Todo ser humano, aún no bautizado, y sólo el, es capaz de recibir el Bautismo.

  • El ministro ordinario del Bautismo es el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono.
  • En caso de necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, si tiene la intención de hacer lo que hace la Iglesia al bautizar y emplea la fórmula bautismal trinitaria.

Celebración:
El Bautismo cristiano se celebra bañando en agua al que lo recibe (bautismo por inmersión) o derramando agua por la cabeza (bautismo por infusión), mientras el ministro invoca a la Santísima Trinidad.
El rito completo consta de tres momentos:

Preparación:
Consiste en la bendición del agua, en la renuncia de los padres y padrinos al pecado, en la profesión de fe y en una pregunta a los padres y padrinos sobre si desean que el niño sea bautizado.
Ablución o bautismo:
Mientras el ministro baña con agua a quien se bautiza, dice: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"

Ritos complementarios:

  • Son la crismación, la vestidura blanca y la entrega de la luz.
  • La crismación por la que el ministro unge la cabeza a cada bautizado con el santo crisma, como señal de incorporación al pueblo creyente;
  • La vestidura blanca, signo de la nueva vida y dignidad del cristiano.
  • La entrega de la luz de Cristo expresada por una velita cuya llama ha sido tomada del cirio pascual.

Sacramento de la Confirmación 

En el Antiguo Testamento los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado para realizar su misión salvífica (Cfr. Is 11,2; 61,1). El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios.

Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da sin medida (CIC, 1286). Esta plenitud del Espíritu no debió permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo de Dios.

Muchas veces Jesús prometió el envío del Espíritu, promesa que realizó primero el día de Pascua y luego de manera mas manifestada en Pentecostés. Llenos del Espíritu Santo los Apóstoles comienzan a proclamar "las maravillas de Dios" (Hch 2,11), los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar recibieron a su vez el don del Espíritu Santo. (Hch 2,38).

 La Confirmación

El nombre de este sacramento proviene del latín confirmatio = fortalecimiento. Sin embargo, a lo largo de la historia ha sido denominado de diversas maneras: crismación (unción de aceite perfumado y consagrado), imposición de manos, crisma.

El Nuevo Testamento no habla del sacramento de la confirmación como tal. Está claro que Jesucristo lo instituyó pero no lo administró por sí mismo, puesto que era algo pensado para cuando El se fuera. Cristo anunció la venida del Paráclito -El Espíritu Santo- una vez que El se marchara de este mundo.

De lo que sí hay clara constancia es de la administración de los Apóstoles -con la imposición de manos- Así puede leerse en los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan van a imponer las manos a los recién bautizados de Samaría para que reciban así el Espíritu Santo (Hch 8,14-17) y cuando Pablo bautiza e impone las manos a unas cuantas personas en Efeso, con lo que reciben el Espíritu Santo. (Hch 19, 5-7).

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se administraba el Bautismo, se tenía la costumbre de que el obispo utilizara un gesto o ritual de bendición "la imposición de manos" sobre la cabeza del bautizado, así se recordaba lo que hicieron los apóstoles. Igualmente existía la costumbre de ungir con aceite en la cabeza o en el pecho a los recién bautizados, este aceite había sido previamente bendecido por el obispo.

Esta costumbre se mantuvo hasta el siglo V, no existía un rito religioso separado del Bautismo, todo se realizaba en la misma celebración. Cuando se imponen los bautismos masivos de niños recién nacidos, se ve la necesidad de que los presbíteros y diáconos administren el Bautismo, mientras que la imposición de manos y la unción se retardaba para cuando el obispo pudiera.

 Significado de la Confirmación

El Concilio Vaticano II dice: "por el sacramento de la Confirmación se vinculan (los cristianos) más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras" (Lumen Gentium, 11)

Lo primero que conviene reafirmar es que el sacramento por el cual recibimos el Espíritu Santo, el Sacramento del Espíritu, es el Bautismo. Con él nacemos espiritualmente y nos hacemos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad y comenzamos a vivir una vida sobrenatural. La Confirmación es el robustecimiento de la Gracia Bautismal. Es un crecimiento espiritual, en este sacramento se van a renovar las promesas del Bautismo que otros hicieron por nosotros si es que se recibió al poco tiempo de nacer. Su fin es perfeccionar lo que el Bautismo comenzó en nosotros. Podríamos decir en cierto modo que nos bautizamos para ser confirmados.

Lo que caracteriza el símbolo de la Confirmación es la imposición de manos y la unción con el crisma. Esta unción ilustra el nombre de cristiano que significa "ungido" y que tiene origen en el nombre de Cristo, al que Dios ungió con el Espíritu Santo.

Imposición de manos:
En este sentido se puede decir que en la Confirmación el obispo, en nombre de la Iglesia, bendice a los bautizados para que el Espíritu Santo los fortalezca y lleve a plenitud la gracia del Bautismo, los haga testigos de Cristo en el mundo extendiendo y defendiendo la fe con sus palabras y sus obras.
Con la imposición de manos se hace la inserción plena de las personas bautizadas en la comunidad apostólica, esta inserción es una verdadera participación en el profetismo de Cristo, que los cristianos tendrán que realizar asumiendo, anunciando y confesando la fe en Cristo, testimoniando con palabras y obras, la verdad evangélica, a través del espacio y del tiempo y siendo fermento de santidad en el mundo.
 

Unción con el Crisma:
En el Antiguo Testamento tiene una significación importante el gesto de ungir a los reyes ( 1Sam 10,1; 16,13; 1 Re 1,39). Mediante la unción, se otorgaba al rey el poder para ejercer su función que estaba estrechamente relacionada con la defensa de la justicia. Que consistía especialmente en la defensa de los pobres y desvalidos, los huérfanos y las viudas, es decir, de los que por si mismos no podían defenderse.
Para el Nuevo Testamento. Jesús es el Ungido por excelencia. Así lo manifiesta el evangelio de Lucas al narrar el suceso acaecido en la sinagoga de Nazaret, donde se lee el texto del profeta Isaías haciendo referencia a Jesús.
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos a dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19)

El cristiano, al recibir la Confirmación, queda ungido y enviado para la misión de anunciar la fe, testimoniar la verdad, comprometerse en la implantación en el mundo de la justicia, la libertad y la paz, para ser fermento de santidad y edificar la iglesia por medio de sus carismas y servicios de caridad.

La Confirmación, como el Bautismo, se da una sola vez en la vida, porque imprime en el alma una marca indeleble, el carácter que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu, revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo. Cristo mismo se declara marcado con el sello de su Padre (Jn 6,27). El cristiano también está marcado con un sello, este sello marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio para siempre.

Efectos de la Confirmación
El mayor efecto del sacramento de la Confirmación es la efusión plena del Espíritu Santo, y sus siete dones: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Ciencia, Piedad, Fortaleza y Temor de Dios, como fue concedida a los apóstoles el día de Pentecostés.

  • Si el Bautismo hace al cristiano Hijo de Dios, la Confirmación le enriquece con una fuerza nueva y singular del Espíritu Santo, que le hace capaz de dar testimonio de su existencia y de irradiar la fe que la presencia y acción de Dios ha creado y mantiene en él.
  • Si el Bautismo une al cristiano con Jesucristo, la Confirmación le hace testigo del Señor en plenitud, activando y profundizando continuamente la nueva vida que reside en él.
  • Si el Bautismo llena al cristiano con los dones del Espíritu Santo y le ha incorporado a la Iglesia, la Confirmación, le estimula para hacer fructificar en el servicio esos dones recibidos y para estar plenamente unido a toda la Iglesia en su consagración y misión.

Dones del Espíritu Santo

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu, estos dones son:

Sabiduría: Nos da la capacidad especial para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios. Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades de este mundo; nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.

Ciencia: El hombre iluminado por el don de la ciencia, conoce el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Y no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida.

Consejo: Este don actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma. El cristiano ayudado con este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña
.
Piedad: Mediante éste don, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos. El don de la piedad orienta y alimenta la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia ayuda y perdón. Además extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.

Temor de Dios: Con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es el amor a Dios, el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de permanecer y de crecer en la caridad.

Entendimiento: Mediante este don el Espíritu Santo, que "escruta las profundidades de Dios" ( 1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios, al mismo tiempo hace también más límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación.

Fortaleza: el don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios, en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez. Es decir, tenemos que invocar del Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: "Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte" ( 2 Cor 12,10).


¿Quién puede recibir este sacramento?

Todo bautizado puede recibir el sacramento de la Confirmación. Aunque se recomienda que se reciba cuando se tenga pleno uso de razón, pues este sacramento se considera como "el sacramento de la madurez cristiana". Es necesaria una preparación previa para que el confirmado pueda asumir mejor las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana.

Como se ha explicado anteriormente la especial gracia de este sacramento es el fortalecimiento de la fe, aumento de la gracia santificante. Dios no puede aumentar lo que no esta presente, de ahí que el que lo recibe deba hacerlo en estado de Gracia, es decir arrepentirse y confesar los pecados antes de confirmarse. Recibirla en pecado mortal sería un abuso del sacramento, un grave pecado de sacrilegio.

El ministro ordinario de la Confirmación es el obispo, aunque éste puede en caso de necesidad, conceder a presbíteros la facultad de administrar el sacramento, conviene que lo confiera el mismo, sin olvidar que por esta razón la celebración de la Confirmación fue temporalmente separada del Bautismo. Los obispos son los sucesores de los apóstoles y han recibido la plenitud del sacramento del Orden. Por esta razón, la administración de este sacramento por ellos mismos pone de relieve que la Confirmación tiene como efecto unir a los que le reciben más estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo. (CIC, 1290)

 Celebración de la Confirmación

En la celebración litúrgica de este sacramento concurren tres elementos que deben ser señalados:

  • La renovación de las promesas del Bautismo, por la que el confirmando hace expresión y compromiso explícito de vivir a la manera de Cristo.
  • La imposición de manos que el obispo hace sobre los confirmandos
    El momento culminante de la Confirmación por el que el Obispo impone su mano sobre la cabeza del confirmando y le unge la frente con el santo Crisma mientras pronuncia estas palabras: "recibe por esta señal el don del Espíritu Santo"

El saludo de la paz concluye el rito, significa y manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles


El Sacramento de la Eucaristía 


La riqueza inagotable de este sacramento se expresa en los distintos nombres que se le da:

  • Eucaristía: de origen griego "Eukharistia", significa "acción de gracias". Esta palabra recuerda las bendiciones judías que proclaman las obras de Dios: la creación, la redención, la santificación. (cfr. Lc. 22,19; 1 Co 11,24; Mt 26,26; Mc 14,22).
  • Banquete del Señor: porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión ( 1 Co 11,20).
    Fracción del Pan: porque este rito fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia. Con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas. Con él quiere significar que todos los que comen de este único pan partido, que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él ( cfr. Mt 14,19; 15,36; Mc 8, 6-19; Hch 2,42.46; 20, 7.11; 1 Co 10, 16-17).
  • Asamblea Eucarística: porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visible de la Iglesia. ( Cf 1 Co 11, 17-3)
    à Santo Sacrificio: porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia (Cfr. Hch 13,15; Sal 116, 13.17; 1 Pe 2,5)
  • Comunión: porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (Cfr. 1 Co 16-17).
  • Santa Misa: porque cuando la Eucaristía se celebraba n latín se despedía a la gente diciendo "Ite Missa est", que habla del envío a cumplir con la voluntad de Dios en su vida.

La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo en la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor. Cristo instituyó en la Ultima Cena, el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su Sangre para perpetuar por los siglos el sacrificio de la cruz y confiar el memorial de su muerte y resurrección a la Iglesia. Es signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo.

 El Significado de la Eucaristía

La Nueva Pascua
En los Evangelios se establece una estrecha conexión entre la cena eucarística y la fiesta de la Pascua (Mt 26, 2.17. 18-19; Jn 6,4; 11,56; 1 Cor 5,7). Esto nos indica que para los evangelios la Eucaristía es la nueva Pascua de los cristianos.

Sabemos que, en la tradición del Antiguo Testamento, el acontecimiento de la Pascua se pone en estrecha relación con la salida de Egipto (Ex 12, 21-23). La celebración de la Pascua estaba dedicada a conmemorar lo que Dios hizo con su pueblo al liberarlo de la esclavitud. (Dt 16,1; Ex 12, 11-14).

Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar a la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía. El signo del agua convertida en vino en Caná, anuncia ya la hora de la glorificación de Jesús, manifiesta el cumplimiento del banquete de bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo, convertido en Sangre de Cristo.

En la Pascua de Jesús se vence la esclavitud de la muerte y el pecado, abriéndose el camino a la salvación. Si la Eucaristía viene a sustituir para los cristianos lo que era la antigua Pascua para los judíos, el sentido de la Eucaristía es también el de celebrar la liberación integral que nos consigue Jesús.

Actualización del sacrificio de Jesús
La cena pascual consistía, además, en el sacrificio de un cordero (Ex 12, 1-14. 43-45). El Paralelismo que existe entre Jesús y el cordero pascual (Mc 12, 22-24; Lc 22,19s; Jn 19,36; 1 Cor 5,7) nos hace ver que la Eucaristía es la actualización del auténtico sacrificio, en el que Jesús se entrega por los demás.

El carácter de sacrificio de la Eucaristía se halla claramente indicado en las palabras que Jesús pronunció sobre el cáliz, según el evangelio de Mateo: "Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados" (Mt 26,28).
Esta frase evoca el relato en el que Moisés rocía con sangre del sacrificio del Sinaí al pueblo, al tiempo que dice: "Esta es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con vosotros" (Ex 24,8)

La Institución de la Eucaristía

El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor, para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus los apóstoles celebrarlo hasta su retorno, "constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento"

"Yo soy el pan e vida. Sus padres comieron el maná en el desierto, pero murieron, aquí está el pan que baja del cielo para comerlo y no morir. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Pero además, el pan que voy a dar es mi carne, para que el mundo viva... el que come mi carne y bebe mi sangre, vive de vida eterna y yo lo resucitaré en el último día." (Jn 6, 48-60).

Los que escucharon este discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, no pudieron entender como era posible comer su carne y beber su sangre. Incluso los escandalizó: "es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?". La Eucaristía y la cruz son piedras de escándalo. Es el mismo misterio y no cesa de ser ocasión de división. "También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67). esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene "palabras de vida eterna" (Jn 6,68) y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a El mismo.
Los apóstoles para entender la manera de cómo realizar esta comida celestial, tuvieron que esperar hasta la Ultima Cena, más aún, la venida del Espíritu Santo.

Cuatro veces encontramos narrada la institución de la Eucaristía, tres en los evangelios: Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-23; Lc 22, 19-20 y una vez en la primera carta a los Corintios 11, 23-25. Las cuatro narraciones coinciden en lo esencial:

  • Cristo ofreciendo el pan y el vino a sus apóstoles, les dice que coman de su cuerpo y beban de su sangre. Los apóstoles y las primeras comunidades cristianas aceptaron este hecho.
  • Cristo dice "hagan esto en memoria mía".
  • Jesús habla de la Nueva Alianza

Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

"Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; Jesús envió a Pedro y a Juan diciendo: "Id y preparadnos la Pascua para que la comamos"... fueron y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles y les dijo; "Con ansía he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.... Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se los dio diciendo: "Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío. De igual modo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este es el cáliz de la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros" (Lc 22, 7-20)

La presencia real de Cristo
Cuando Jesús instituyó la Eucaristía tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a los discípulos diciendo: "Tomad, comed, esto es mi cuerpo" (Mt 26,26). En esta frase sorprende el realismo con que se identifica al sujeto "esto" (el pan) con el predicado "mi cuerpo" (la persona de Jesús). Las palabras de Jesús no dejan lugar a dudas. No se trata de una comparación: esto es como mi cuerpo, sino de una afirmación real esto es mi cuerpo.

El pan y el vino pierden en la Eucaristía su sentido natural como alimento corporal y reciben un nuevo ser y un nuevo sentido. Son signos- simbólicos reales de la presencia real y de la entrega personal de Jesucristo. En los signos sensibles de pan y de vino, se hace presente realmente Jesucristo, que se entrega por nosotros (CIC 1373-1381)


"Hagan esto en memoria mía"
El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras "hasta que venga", no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.

"Cristo se sacrificó una sola vez para borrar los pecados de todos los hombres" (Heb 9,28). Las misas que se celebran continuamente en todo el mundo no son repeticiones del sacrificio de Cristo, sino celebraciones en las cuales se vuelve a hacer presente. Participar en la Eucaristía, es unirse al culto más grande que el hombre pueda realizar, porque no es el ofrecimiento de oraciones y obras buenas lo que se hace, sino el mismo ofrecimiento de Cristo, al cual el hombre se une mediante la aceptación de la Palabra de Dios, la oblación de sí mismo, y la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor.

Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jesucristo se dice: "Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones.. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón" (Hch 2, 42. 46)). Era sobre todo "el primer día de la semana", es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para partir el pan. Desde entonces hasta nuestros días, la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado.

La Comunión

El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carde del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53).
Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo"( 1 Cor 11, 27-29) Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Ante la grandeza de este sacramento, el fiel solo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastara para sanarme".

La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles a recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días.

Frutos de la Comunión

  • Acrecienta la unión con Cristo: "quién come mi Carne y bebe mi Sangre, habita en mí y yo en él" (Jn 6,56.
    Fortalece el Espíritu: Lo que el alimento material produce en la vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en la vida espiritual. La comunión conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo.
    Separa del pecado: como el alimento sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad, que en la vida cotidiana, tiene a debilitarse, y esta caridad vivificada borra los pecados veniales. Cuanto más se participa en la vida de Cristo y más se progresa en su amista, tanto más difícil será romper con él por el pecado mortal.
    Entraña un compromiso a favor de los demás: para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregado por nosotros, debemos reconocer a Cristo en el prójimo, sobre todo en los más pobres y necesitados.
    Fortalece la unidad del Cuerpo místico. La Eucaristía hace a la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo, por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo que es la iglesia. La Comunión renueva, fortifica y profundiza la incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo.

La Celebración Eucarística

La Eucaristía o Misa consta de dos grandes partes:
Liturgia de la Palabra dividida en:

  • Rito de entrada: los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística alabando y dando gracias a Dios. A su cabeza está Cristo mismo que es el Sumo Sacerdote, su representante es el sacerdote quien preside la celebración y actúa en su nombre. Se comienza con el saludo invocando a la Santísima Trinidad
  • Acto penitencial: es reconocerse pecadores y pedir perdón a Dios para disponerse a escuchar su Palabra y a celebrar dignamente la Eucaristía constituidos en una comunidad. Incluye el Señor ten piedad y el Gloria, además de la Oración Colecta que expresa generalmente la índole de la celebración con una súplica a Dios Padre, por Cristo en el Espíritu Santo.
  • Liturgia de la Palabra: consta de las lecturas de la Sagrada Escritura, seguidas de la homilía que es una reflexión y explicación de la Palabra de Dios. Se recita el Credo o Profesión de Fe y se hace la Oración de los fieles.

Liturgia de la Eucaristía, dividida en:

  • Ofertorio: o presentación de las ofrendas que se ponen sobre el altar, éstas son el pan y el vino que, junto con la vida del hombre se ofrecen a Dios.
  • Plegaria Eucarística: se da gracias a Dios por la obra de la salvación y por sus dones, el pan y el vino. Se pide la presencia del Espíritu Santo para que las convierta en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, repitiendo las mismas palabras que Jesús pronunció en la Ultima Cena.
  • Fracción del Pan y el Rito de Comunión: que manifiesta la unidad de los fieles. Se recita el Padre Nuestro y los fieles reciben el Cuerpo y la Sangre del Señor, del mismo modo que los Apóstoles los recibieron de manos de Jesús.
  • Rito de despedida: saludo y bendición sacerdotal, para terminar con la despedida en donde se invita al pueblo a que vuelva a sus quehaceres haciendo vida el Evangelio.

Por lo tanto, debemos considerar la Eucaristía como:

  • Acción de gracias y alabanza al Padre
  • Memorial del Sacrificio de Cristo y de su Cuerpo
  • Presencia de Cristo por el poder de su Padre y de su Espíritu

"Jesús se esconde en el Santísimo Sacramento del altar, para que nos atrevamos a tratarle, para ser el sustento nuestro, con el fin de que nos hagamos una sola cosa con Él. Al decir sin mí no podéis nada, no condenó al cristiano a la ineficacia, ni le obligó a una búsqueda ardua y difícil de su Persona. Se ha quedado entre nosotros con una disponibilidad total".

Cuando nos reunimos ante el altar mientras se celebra el Santo Sacrificio de la Misa, cuando contemplamos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o la adoramos escondida en el Sagrario, debemos reavivar nuestra fe, pensar en esa existencia nueva, que viene a nosotros, y conmovernos ante el cariño y la ternura de Dios" (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa No. 153).

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía "mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo"

http://www.rosario.org.mx/liturgia/uncion%20enfermos.htm

 

Los sacramentos de la iniciación

                  cristiana

LA PARTICIPACIÓN DE LOS LAICOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA

 

LOS FIELES LAICOS

 

LA FORMACIÓN DE LOS FIELES LAICOS

(CHRISTIFIDELIS LAICI N° 57 AL 58)

Madurar continuamente

El secularismo, que conduce a vivir sin Dios, ha dejado en muchas personas una experiencia de desazón y hasta pérdida de sentido en la vida; por eso vemos, en comunidades materialistas y consumistas, cómo se incrementa la desesperanza que llega a desembocar en los suicidios.

Christifidelis Laici atiende a esta problemática humana actual recordándonos las siguientes palabras de Jesús:

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto” (Jn 15, 1-2).

Nuestra vitalidad depende de que permanezcamos radicados en la vid, que es Jesucristo (57), así nos lo dio Él mismo:

“El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).

1)  PERMANECIENDO EN JESÚS, PRODUCIMOS FRUTOS BENÉFICOS PARA LA

COMUNIDAD, CON ELLO DAMOS SENTIDO A NUESTRA VIDA. ESCRIBAN LOS FRUTOS QUE, PERMANECIENDO EN JESÚS, PRODUCIREMOS EN (completa como se pueden producir frutos en las situaciones):

En Nuestra familia ____________________________________________________________

En el matrimonio ____________________________________________________________

En Los negocios donde se trabaja _______________________________

____________________________________________________________

En Las diversiones ___________________________________________________________

En la enfermedad ___________________________________________________________

En la política ___________________________________________________________

En la cultura ___________________________________________________________

En nuestra parroquia ___________________________________________________________

En el cine ___________________________________________________

Enel cine ___________________________________________________


2) SEÑALEN LAS VENTAJAS QUE PUEDEN ENCONTRAR EN LAS SIGUIENTES   

     FORMAS DE PERMANECER UNIDOS A JESUCRISTO E, INDIQUEN LAS

      RAZONES POR LAS QUE ENCUENTREN ALGUNA SUPERIOR A LAS DEMÁS:

Rezar a solas frecuentemente.

Recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Rezar en comunidad.

Servir a quien me necesita en mi comunidad eclesial.

Servir a quien  me necesita en  mi comunidad socio-política.

DESCUBRIR Y VIVIR LA PROPIA VOCACIÓN Y MISIÓN

Christifidelis Laici nos recuerda que estamos llamados por Dios a crecer, a madurar, a dar fruto (57). A este proceso personal de maduración en la fe y de configuración con Cristo la CFL denomina formación integral y permanente de los fieles laicos. Y señala:

La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión (58).

Juan Pablo II nos vuelve a obsequiar con un bello texto sobre lo que es nuestra vocación personal:

En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre (58).

Este llamado de Dios a cada uno de nosotros, dice CFL, se nos revela a través del desarrollo histórico de nuestra vida y de sus acontecimientos, y, por tanto, sólo gradualmente: en cierto sentido, de día en día (58).

Reflexione unos momentos cada uno sobre su vida, compartan después con el grupo los momentos particularmente significativos y decisivos (58) en los que han discernido la llamada de Dios y acogido la misión que Él les confió.

Christifidelis Laici nos pide que atendamos a la diferencia entre:

saber lo que Dios quiere de nosotros y,

hacer lo que Dios quiere (58).

Christifidelis Laici testifica (58) que conocemos la voluntad de Dios mediante:

la escucha de su Palabra.

la escucha de la Iglesia,

la oración constante,

la dirección espiritual.

la percepción de talentos recibidos y,

las situaciones en que vivimos.

3) CADA UNO PUEDE MEDITAR AHORA SOBRE ESTOS MEDIOS DE CONOCIMIENTO DE LA VOLUNTAD DIVINA, LES SUGERIMOS HACER USO DE LOS SIGUIENTES CUESTIONAMIENTOS:

¿Tengo un ejemplar de la Biblia?

¿Con qué frecuencia acudo a buscar en ella una respuesta a mis necesidades?

¿Tengo presentes las ocasiones en que he recibido clara respuesta de Dios al buscarla en su Palabra?

¿Sé de la existencia de Encíclicas y Documentos Episcopales?

¿Conozco algunos de ellos?

¿Conozco los principios de la Doctrina Social Cristiana?

a)     ¿Conozco alguna Encíclica Social?

b)    ¿Dedico tiempo a orar?

c)     ¿Conozco la Liturgia de las horas?

d)    ¿Medito los Misterios de la vida de Jesús en el Rosario?

e)     ¿Tengo cerca un hermano de quien reciba dirección espiritual?

f)     ¿Reconozco, humildemente, los dones que recibí de Dios,

        para servicio de mis hermanos?

g)    ¿Reconozco la providencia de Dios que me ha conducido, suavemente,

       a dónde puedo servir a los demás?

LAICOS 

Se llama laicos a todos los fieles bautizados que no han recibido el sacramento de Ordenes Sagradas y no pertenecen a un estado religioso aprobado por la Iglesia.  

La Iglesia siempre ha reconocido la vocación de los laicos de ejercer su misión en la Iglesia y así llegar a la santidad. Este reconocimiento se profundizó en el Concilio Vaticano II.  

Los laicos son miembros de la Iglesia, Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo. 

"Particularmente, confirmo la necesidad y la urgencia de la formación evangélica y del acompañamiento pastoral de una nueva generación de católicos comprometidos en la política, que sean coherentes con la fe profesada, que tengan rigor moral, capacidad de juicio cultural, competencia profesional y pasión de servicio hacia el bien común." (S.S. Benedicto XVI a los laicos)

La vocación de los laicos

"Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios... A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor" (LG 31)

La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia:

Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia.  (CIC 898 - 899).

 

Luces y Sombras de la Iglesia la edad Media

LOS PRIMEROS CRISTIANOS: LAS PERSECUSIONES

LA IGLESIA EN LA EDAD MEDIA

I. LA IGLESIA PERSEGUIDA:

OBSERVAN EL VIDEO SOBRE LAS PERSECUSIONES A IGLESIA

La cultura romana había cultivado grandes valores, pero la primera respuesta que tuvo ante el

cristianismo fue el rechazo y la persecución. El poder romano no pudo controlar este movimiento religiosos apareció en uno de sus territorios, y el incendio de roma sirvió como pretexto para acusar a los cristianos de la destrucción de la ciudad y tener una justificación para silenciarlos. El emperador Nerón promovió la primera persecución contra los cristianos.

Durante trescientos años muchos cristianos murieron cruelmente torturados, martirizados de ahí el nombre de mártires y devorados por las fieras en los circos romanos, por negarse a renegar de su fe en Cristo. Esta situación los llevó a vivir en la clandestinidad, usando las galerías subterráneas de los cementerios romanos (catacumbas) como refugio para reunirse a orar, protegerse y celebrar la Eucaristía.

Los escritos que datan de este tiempo hablan de la crueldad de los castigos hacia los seguidores de Cristo. El amor cristiano y la virginidad eran insoportables en una ciudad llena de todos los vicios y corrupciones. El valor de estos hombres y mujeres cristianos fue admirable. Fue así como la comunidad cristiana empezó a venerar a sus, mártires e invocar su intercesión ante Dios. El día de su muerte era recordado como el día de su nacimiento a la vida. Así comenzó el culto a los santos.

En total se `produjeron 10 grandes persecuciones propiciadas por los emperadores. Las más terribles fueron la de Nerón y la de Dioclesiano, la cual fue llamada “Era de los mártires”, por la gran cantidad de cristianos que murieron. Bajo la persecución de Nerón (entre los años 64 y 68) murieron los apóstoles Pedro y Pablo. El martirio, para los cristianos, fue una forma normal de terminar sus vidas.

Pero, a pesar de estas sangrientas persecuciones, la fe cristiana no ha muerto y los fieles seguidores de Cristo siguen divulgando

la creencia en un único Dios, revelado por su hijo Jesucristo, y la vivencia comunitaria en el amor, la unión y el servicio.

1.  MARTIR: La palabra “mártir” evoca al que muere en medio de suplicios, Pero, además, esta palabra de parte de la traducción griega significa “testigo”. El mártir atestigua su fe en Jesús como único Señor excluyendo a cualquier otro, aunque sea el Emperador. El cristiano no corre al encuentro del martirio, aunque haya ocurrido eso.  Puede huir de la persecución, pero cuando es detenido, da testimonio hasta el fin, siguiendo a Jesús incluido en su pasión y muerte. El mártir se identifica entonces con Jesús. Nuestros primeros mártires fueron San Pedro y San Pablo.

2.  OFICIALIZACION DEL CRISTIANISMO El tránsito de la tolerancia a la libertad religiosa se produjo con suma rapidez, y su autor principal fue el emperador Constantino. A principios del año 313, los emperadores Constantino y Licinio otorgaron el llamado “Edicto de Milán”, que decretaba el pleno respeto a las opciones religiosas de todos los súbditos del imperio, incluidos los cristianos. La legislación discriminatoria en contra de estos quedaba abolida, y la Iglesia, reconocida por el poder civil, recuperaba los lugares de culto y propiedades de los que hubiera sido despojada. El emperador Constantino se convertía así en el instaurador de la libertad religiosa en el mundo antiguo.

3.  PADRES DE LA IGLESIA Durante los primeros siglos de vida de la Iglesia, el cargo de enseñar correspondió por derecho al obispo, a quien muy pronto se le dio el nombre de padre, a veces bajo la forma de “papa”. Por extensión, otros muchos maestros y predicadores recibieron el titulo de padres, aun sin ser obispos, puesto que en este término existe una evocación de seguridad y confianza, además el padre es portador de la Tradición (enseñanza). Padres de la Iglesia son aquellos santos que con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas, la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos. Los padres de iglesia escribieron sus diversas enseñanzas y dieron testimonio de santidad con sus vidas. Entre los principales están

  • San Atanasio, principal defensor de la ortodoxia católica.
  • San Basilio el Grande, autor de dos reglas monásticas y una liturgia con su nombre
  • San Gregorio de Nacianceno, llamado el Teólogo
  • San Ambrosio quien bautizo a San Agustín
  • San Jerónimo, quien emprendió la traducción del Antiguo Testamento al latín (a partir de los textos originales en hebreo y arameo).
  • San Agustín, principal Padre de la Iglesia, figura, cumbre de la historia cristiana y de toda la humanidad, pastor y pedagogo. Autor de las célebres “confesiones”.

 LA IGLESIA EN LA EDAD MEDIA

ACTIVIDAD 01: HAZ UN CUADRO ORGANIZADOR SOBRE LOS DIFERENTE PUNTOS LEIDOS

II. LUCES Y SOMBRAS DE LA EDAD MEDIA
Observa el video de las cruzadas

 
LAS CRUZADAS


 


CISMA DE ORIENTE Y OCCIDENTE: EL GRAN CISMA: Se conoce como Cisma de Oriente y Occidente, o Gran Cisma, a la separación de la Iglesia católica romana de occidente y la Iglesia ortodoxa de Oriente, producida en el siglo XI (1054). El Gran cisma fue en realidad el resultado de un largo periodo de relaciones difíciles entre estas dos Iglesias. Las causas que desencadenaron este hecho fueron, principalmente, la disputa sobre la autoridad papal. Luego de esta división la Iglesia adopto diferentes líneas doctrinales, teológicas y hasta lingüísticas (la Iglesia ortodoxa estableció el griego como idioma oficial, mientras que la Iglesia católica romana hizo lo propio con el latín)

 

GUERRA DE LAS INVESTIDURAS: Conflicto que mantuvieron pontífices y emperadores por la autoridad y potestad de los nombramientos en la Iglesia.

 LAS UNIVERSIDADES: La Iglesia, por misión divina, se preocupó desde su origen por la educación completa del hombre. La educación en la alta edad Media era impartida, sobre todo, por el Clero. La iglesia funda junto a los templos y monasterios las primeras escuelas y centros de ciencias y artes. Estas escuelas fueron semejantes a nuestros actuales colegios.

LA INQUISICIÓN: La Inquisición, en sentido estricto, nace alrededor de los años 1220 y 1230, cuando los poderes civil y el religioso colaboraron en la búsqueda sistemática de los herejes, y cuando por la voluntad del Papa se generaliza esta organización al conjunto de la Iglesia.

La inquisición fue un tribunal eclesiástico establecido por la santa sede y el poder civil para investigar, definir y condenar los delitos contra la religión católica.

LAS ÓRDENES MENDICANTES: Agrupaciones de hombres cuyo fin principal era vivir su fe y religiosidad, alejados del mundo y sin jerarquías u ordenamientos propios de la gran institución eclesial católica. Fueron llamadas así porque vivían de limosnas y tenían como eje común el desprendimiento manifiesto de los bienes materiales. Las principales órdenes mendicantes de la Edad Media fueron las de los Franciscanos, los Dominicos, los Agustinos y los Carmelitas.

LAS CRUZADAS O GUERRAS SANTAS: Fueron expediciones militares organizadas por los cristianos contra los musulmanes, con el fin de recuperar la Tierra Santa. En esta empresa intervinieron, más o menos, todos los príncipes y pueblos del occidente cristiano.  

ACTIVIDAD 02: HAZ UN CUADRO COMPARATIVO EN TU CUADERNO DESCRIBIENDO LOS HECHOS QUE CORRESPONDAN A LUCES Y SOMBRAS, SEGÚN LO QUE HAS LEÍDO Y VISTO EN EL VIDEO

RECUERDA: Los cristianos fueron perseguidos, principalmente, por ser considerados una amenaza para los intereses de los emperadores romanos, quienes veían en peligro su poder.  *Los padres de la Iglesia, además de conocer y enseñar la Tradición, se esforzaban por alcanzar la santidad; rasgo que los diferenciaba de ser solo  “escritores eclesiásticos”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sacramentos al Servicio de la Comunidad

 

EL SACRAMENTO DEL ORDEN

 EL SACERDOCIO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.

La historia de las civilizaciones atestigua que todos los pueblos han tenido sacerdotes, es decir, personas dedicadas al culto sagrado. También el pueblo de Israel tuvo sacerdote a partir de la época de Moisés, quien por orden de Dios, encargó a Aarón y a sus descendientes desempeñar las funciones del culto sagrado.

El sacerdote en Israel alcanzó su máximo esplendor en la época de Salomón con la construcción el magnífico templo de Jerusalén que se convirtió en el centro de la vida religiosa de los israelitas.

La Biblia nos cuenta con detalle cómo fue edificado el templo: la nave central estaba revestida de madera de ciprés, recubierta de oro puro y piedras preciosas. El lugar santísimo (en cuyo interior se coloco el Arca de la Alianza) fue revestido de oro puro. Fuera de este lugar santísimo se colocó al altar de bronce para los sacrificios, de diez metros de largo y cinco de alto. Todas las demás cosas dedicadas al culto eran de oro puro: los candelabros, las lámparas, los utensilios, los cuchillos para los sacrificios, etc.

Cuando estuvo terminada esta magnífica obra, el rey Salomón reunió a todo el pueblo de Israel y ofreció como sacrificio al Señor la inmolación de millares de toros, vacas y ovejas.

 JESUCRISTO ES EL SACERDOTE POR EXCELENCIA.

En el Antiguo Testamento existieron muchos sacerdotes que ofrecían, como hemos visto abundante sacrificios para dar culto a Dios: animales degollados, alimentos, lavatorios, etc. Sin embargo, todos esos sacrificios eran imperfectos y eran anuncio de un nuevo sacrificio perfecto y de valor infinito. Este sacrificio perfecto fue ofrecido por Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, al morir en la cruz entregando su vida por la salvación de todos los hombres y mujeres de la humanidad.

Jesucristo, al ofrecer este sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre en la cruz, pone fin al sacerdocio imperfecto del Antiguo Testamento y los sustituye por un “sacerdocio nuevo”, el suyo, y por un sacrificio también nuevo: el de su Cuerpo y de su Sangre. Por eso Jesucristo es el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, pues Él nos reconcilió para siempre con Dios por medio de su Sangre derramada en la Cruz.

Todos los bautizados, en cuanto estamos unidos a Cristo, participamos de su único sacerdocio. Sin embargo es preciso distinguir dos tipos diferentes de participación en el sacerdocio de Jesucristo:

a)  El sacerdocio común de los fieles, que es el que reciben todos los cristianos por

      medio del bautismo. 

b)  El sacerdocio ministerial, que es el que Jesús confirió a los Doce Apóstoles y

     que algunos varones reciben en la Iglesia por medio del sacramento del Orden.

     Les llamamos sacerdotes o presbíteros. 

 JESUCRISTO INSTITUYE LOS SACERDOTES DE LA NUEVA ALIANZA.

El sacerdocio de Jesucristo es un “sacerdocio para siempre”. Para que fuera así, Jesús estableció la forma en que se había de prolongar su sacerdocio hasta el fin del mundo. Veámoslo:

Durante la Última Cena, los Doce Apóstoles fueron consagrados sacerdotes por Jesús cuando, después de convertir el pan y vino en su Cuerpo y en su Sangre, les dio el siguiente mandato: Haced esto en memoria mía. (Lc 22,19)

Con estas palabras Jesús otorgó a los Apóstoles el poder de consagrar y de ofrecer su Cuerpo y su Sangre, tal como Él lo había hecho. Y de esta manera, Jesús instituyó, junto con el Sacramento de la Eucaristía, e inseparablemente unido a Él, el Sacramento del Sacerdocio, que es conocido en la Iglesia con el nombre de Sacramento del Orden.

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “El Sacramento de Orden es aquel, mediante el cual, la misión confía por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos”.

 LOS APÓSTOLES TRANSMITIERON LOS PODERES SACERDOTALES.

A medida que la Iglesia se fue extendiendo por la predicación del Evangelio, los Apóstoles eligiendo representantes suyos, que ponían al frente de las nuevas comunidades. A los que eran elegidos para esta misión se les administraba el sacramento del Orden, que tenía como rito especial la “imposición de las manos”. Veamos algunos testimonios del libro de los Hechos de los Apóstoles.

a)  Haciendo oración, les impusieron las manos. (Hc 6,6) 

b)  Te amonesto, escribe san Pablo a su discípulo Timoteo,

     para que reavives la gracia de Dios que está en ti por

     la imposición de las manos. (2Tim 1,6) 

Por este rito de la imposición de las manos hecha por los Apóstoles (o los obispos, sucesores suyos), Cristo comunica a quien lo recibe, por medio del Espíritu Santo, una especial consagración y participación de su sacerdocio.

En la Iglesia católica los sacerdotes se obligan libremente a vivir el celibato. Así lo enseña el compendio del catecismo de la Iglesia Católica: “Para el presbiterado, en la Iglesia latina, son ordinariamente elegidos hombres creyentes que viven como célibes y tienen la voluntad de guardar el celibato por el Reino de los cielos” (Mt 19,12) Al diaconado permanente pueden acceder también hombres casados.

 LA CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO DEL ORDEN SACERDOTAL

(Observa el video)

El sacramento del Orden se confiere, pues, mediante la ordenación sacerdotal.

El sacramento del Orden es conferido por el Obispo mediante la imposición de las manos, seguida de una oración consecratoria solemne que pide a Dios para el ordenando las gracias del Espíritu Santo requeridas para el ministerio.

El sacramento del Orden que presupone la vocación; o sea, la elección divina incluye, al menos, estos cuatro supuestos:

a) Lo confiere el Obispo como sucesor de los Apóstoles. 

b) Se administra con el rito de la imposición de las manos,

    al que acompaña una oración especial al Espíritu Santo. 

c)  Además, el que es ordenado recibe la unción del santo crisma,

     que le hace más semejante a Jesucristo. El carácter sacerdotal

     es imborrable, por lo que el ordenado es sacerdote para siempre.  

d)  A los que reciben el Orden, diáconos, sacerdotes y obispos,

     se les comunica una gracia especial para desempeñar su ministerio

     en nombre de Cristo y como representantes suyos en la Iglesia.  

 LOS TRES GRADOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN (Observa el video)

El sacramento del Orden se compone de tres grados, que son insustituibles para la estructura orgánica de la Iglesia: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

A) Los Obispos: Son los sucesores de los Apóstoles. Desde el día de Pentecostés los Apóstoles llevaron a cabo las misiones que Cristo les confió (predicar, bautizar, perdonar los pecados, regir el pueblo de Dios, etc.) y pusieron obispo al frente de las comunidades cristianas     que iban fundando. El territorio encomendado a un obispo se llama diócesis.

B) Los presbíteros o sacerdotes: Participan de la misión de los Apóstoles pero no son sucesores directos suyos, sino que reciben el sacramento del Orden para ser cooperadores de los Obispos. Su misión principal es triple: predicar la palabra de Dios, celebrar la Eucaristía, y administrar otros sacramentos (Bautismo, Penitencia, Unción de los Enfermos) además de dirigir una comunidad cristiana en nombre de su obispo. Su principal función sagrada es la celebración de la Eucaristía.

C)  Los diáconos: Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan cómo se eligieron los primeros diáconos en los inicios de la Iglesia. La misión de los diáconos es ayudar al obispo y a los presbíteros en las funciones sagradas, en el ministerio de la Palabra y en el ejercicio de la caridad.

LAS MISIONES QUE CONFIERE EL SACRAMENTO DEL ORDEN.

El sacramento del Orden confiere unas misiones, que entroncan con las tres misiones de Jesucristo: Profeta (enseñar), Sacerdote (santificar) y Rey (regir o guiar al pueblo de Dios)

 A.  MISIÓN DE ENSEÑAR: Jesucristo confió a los Apóstoles el encargo de continuar la misión de enseñar y predicar el Evangelio a todas las gentes (Mc16,15) Los pastores de la Iglesia, en nombre de Jesucristo enseñan a los bautizados las verdades cristianas. Dice el Concilio Vaticano II que el ejercicio de predicar destaca entre los principales oficios del obispo y del sacerdote. El Papa enseña mediante encíclicas y discursos. Los Obispos por medio de su predicación y escritos pastorales. Los Sacerdotes con sus homilías y catequesis. Los Diáconos también pueden proclamar en Evangelio y predicar.

Debido a la especial asistencia del Espíritu Santo, enviado en Pentecostés por el Padre y el Hijo, la misión de enseñar de la Iglesia goza de la cualidad de la infalibilidad (enseñar la verdad sin error) en determinados casos. Estos son:

1. Cuando todos los Obispos del mundo unidos al Papa enseñan unánimemente una misma verdad, sobre todo en un Concilio ecuménico.
2. Cuando el Papa, como maestro y pastor supremo de la Iglesia, proclama solemnemente como definitiva una doctrina referente a la fe o a la moral.
3. Cuando todo el pueblo cristiano cree una misma verdad de fe, unido a la enseñanza del Magisterio de los pastores de la Iglesia.

B.  MISIÓN DE SANTIFICAR: Los Obispos y sacerdotes tienen la misión de servir a los fieles facilitándoles los medios necesarios para su santificación. Estos medios son principalmente los Sacramentos y en especial, la Eucaristía. La celebración eucarística es el medio de santificación por excelencia, ya que en la Misa se renueva el sacrificio de Jesús en la Cruz por la redención de los hombres y en ella se puede recibir en la comunión al mismo Jesucristo. Por ello, el Concilio Vaticano II insiste en que la Eucaristía es “la fuente y la cima de la vida cristiana” 

Los Obispos son ministros de la Confirmación y del Orden. Los Sacerdotes colaboran también en la santificación de los fieles mediante el sacramento de la Reconciliación o Penitencia. y también administrando, oportunamente los demás Sacramentos que les competen (Bautismo, Matrimonio y Unción de los enfermos) Los diáconos pueden administrar la Eucaristía y asistir a la celebración del Matrimonio.

C. MISIÓN DE REGIR: El Sacramento del Orden confiere a los Obispos la misión de “regir” o guiar al pueblo de Dios. Los sacerdotes y diáconos participan de este oficio colaborando con los Obispos.  Es preciso destacar que en la Biblia el oficio de regir se denomina “pastoreo”. Jesús mismo se declara el “Buen Pastor” y encarga a San Pedro que pastoree su rebaño. Este modo de hablar indica que el gobierno de la Iglesia en un servicio a imitación de Jesucristo que no vino a ser servido sino a servir (Mc 10,45)

 

EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

"EL MATRIMONIO EN EL PLAN DE DIOS"

EL MATRIMONIO ES UN PROYECTO DIVINO.

La capacidad humana de producir nuevos proyectos e inventos parece carecer de límites. Sin embargo hay cosas que no son frutos de la inteligencia o la imaginación humana, sino de la naturaleza, tal y como Dios la ha creado. Podría decirse que fueron “proyectadas por Dios”. El mismo Matrimonio es una de ellas. El cristiano conoce, por sentido común y por la Biblia, que el origen de esta institución está en Dios, Creador del mundo, del hombre y de la mujer.

En efecto en la primera página de la Biblia se lee que Adán y Eva fueron creados por Dios “el uno para el otro”: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne (Gn2,24)

El cuerpo del varón y de la mujer han sido creados por Dios para el amor esponsal, capaz de expresar el amor personal que se compromete y entrega. La sexualidad, de este modo, no es algo puramente biológico sino que afecta al núcleo íntimo de la persona en cuanto tal. Ella solo se realiza de modo verdaderamente humano cuando se ordena a ese amor entre un hombre y una mujer. De este don recíproco brota de modo natural el don de la fecundidad que da origen a los hijos, y al mismo tiempo, vincula a los hermanos entre sí.   

 

El amor entre los esposos está, por tanto, en el origen de cada familia y ese amor, en el caso de la familia cristiana, lo bendice Dios con el sacramento del Matrimonio.

 EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO.

Jesús al comienzo de su vida pública asistió a las Bodas de Caná e hizo allí su primer milagro. La Iglesia ha visto en este gesto del Señor la confirmación de la bondad del Matrimonio. San Pablo enseña que el Matrimonio cristiano es signo de la alianza, llena de amor y de fidelidad en Cristo y la Iglesia. “Jesucristo no solo restable al orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es signo del amor esponsal hacia la Iglesia: Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia”.

Los ritos con que se administra este sacramento expresan la grandeza de la unión matrimonial:

El Matrimonio se constituye por el consentimiento matrimonial, gracias al cual los esposos se entregan el uno al otro libremente y para siempre. “El consentimiento matrimonial es la voluntad, expresada por un hombre y una mujer, de entrega mutua y definitivamente, con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo. Puesto que el consentimiento hace que el Matrimonio, resulte indispensable e insustituible. Para que el Matrimonio sea válido, el consentimiento debe tener como objeto el verdadero Matrimonio y ser un acto humano, consciente y libre, no determinado por la violencia o la coacción. Entre católicos solo es válido el Matrimonio sacramentado, porque el llamado matrimonio civil no es el verdadero Matrimonio”.

El sacramento del Matrimonio crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo. Dios mismo ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el Matrimonio consumado entre bautizados no podrá ser nunca disuelto. Por otra parte, es el sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal; además de escoger y educar responsablemente a los hijos.

El Sacramento de Matrimonio produce estos efectos:

  • Da a los esposos la gracia para amarse con el amor con que Cristo ama a su Iglesia.
  • Reafirma su unidad insoluble.
  • Les ayuda a santificarse formando una familia cristiana.

Los esposos cristianos están llamados a santificarse en la vida familiar, mediante el amor mutuo, la fidelidad, la fecundidad y la educación a los hijos.

 

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA.

 LOS FINES Y LAS PROPIEDADES ESENCIALES DEL MATRIMONIO

La alianza matrimonial del hombre y de la mujer, fundada y estructurada con leyes propias dadas por el creador, está ordenada por su propia naturaleza a la comunión y al bien de los cónyuges, y educación de los hijos. Jesús enseña que, según el diseño original divino, la unión matrimonial es insoluble: lo que Dios ha unido, que no lo separé el hombre (Mc10,9)

 De esta enseñanza se deducen fácilmente las propiedades esenciales del Matrimonio:

  • Unidad: El Matrimonio es una “intima comunidad de la vida y amor conyugal” entre un hombre y una mujer. A esta unidad se opone la poligamia.
  • Indisolubilidad: Todo amor verdadero tiene que ser indisoluble, no acepta ser compartido. La indisolubilidad procede del mismo núcleo del amor pleno que implica y proporciona el Matrimonio es algo que viene exigido por el bien de los esposos – pues, al donarse uno es todo del otro – y por el bien de los hijos. El divorcio rompe esta unión.
  • Abierto a la fecundidad: El amor verdadero conyugal tiende naturalmente a ser fecundo es decir, a engendrar vidas humanas. La Iglesia enseña que todo “acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida”, aunque dicha fecundidad, en ocasiones no puede darse.

La moral católica enseña que “los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud”.

RESPONSABILIDAD EDUCATIVA DE LOS PADRES.

En todas las especies animales Dios ha puesto un instinto que le lleva a cuidar de sus crías. En la especie humana los padres tienen esa misma inclinación natural. Ellos son, por ley natural, los primeros y principales educadores de sus hijos los padres cristianos recibe, además, en el sacramento del Matrimonio una especial ayuda de Dios para ayudar cristianamente a sus hijos y para edificar un hogar como una verdadera “Iglesia doméstica”.

Los principales deberes de los padres respecto de sus hijos son:

a) Alimentarlos desde que nacen hasta que pueden valerse por sí mismo.

b)  Educarlos en la fe, enseñando a sus hijos la fe y la piedad cristiana y a

     descubrir su dignidad de hijos de Dios.

c)  Educar en ellos los valores humanos con su ejemplo y con su palabra: el

     amor, el respeto, el dominio de sí, la sinceridad, el espíritu de servicio y 

      solidaridad, etc.

d)  Corregirlos cuando sea conveniente para enseñarles a elegir el bien y a no

     desviarse por el camino del mal.

e)  Respetar el derecho de los hijos a elegir su profesión y su estado de vida

     cuando lleguen a la edad oportuna.

 3. LOS DEBERES DE LOS HIJOS: “HONRAR PADRE Y MADRE”

Muchas veces se ha dicho que la familia es “la primera célula de la sociedad humana”. En efecto: imaginemos una sociedad formada por familias sanas y estables, en la que los padres amen de verdad a sus hijos y se ocupen seriamente de su educación enseñándoles amar a Dios y al prójimo, a usar bien su libertad, a ser ordenados y trabajadores… Y en la que los hijos fueran agradecidos a sus padres, estudiosos y responsables. En una comunidad así las cosas seguramente funcionarían muy bien: Habría más amor mutuo, menos delincuencia, menos drogadicción, más trabajo y más solidaridad.

La formulación del cuarto mandamiento dices así: Honrar Padre y Madre. Este mandamiento está en la Ley de Moisés repetido muchas veces en la sagrada escritura: Honra a tu padre y a tu madre, como te lo ha mandado Yahvé tu Dios, para que se prolonguen tus días y seas feliz en la tierra que Dios te da (Dt 5,16)

El término honrar, tal como aparece en la Biblia abarca varias actitudes muy importante, como el amor, la gratitud, el respeto, la obediencia…, en definitiva vivir la vida de familia con verdadero espíritu de comunión (“común unión”)

EL DIVORCIO Y SU PROBLEMÁTICA

 ¿QUÉ ES EL DIVORCIO? ¿ES LO MISMO DIVORCIO QUE SEPARACIÓN?

El divorcio es la ruptura del vínculo Matrimonio decretada por el tribunal humano. La Iglesia católica enseña que el “Matrimonio - sacramento”, cuando se ha contraído en las debidas condiciones, entraña un vínculo permanente ante Dios, que no puede disolver ninguna autoridad humana.

La Iglesia permite la separación de los cónyuges cuando hay graves causas para ello, pero sin poder volver a casarse cualquiera de los conyugues mientras viva el otro.

¿QUÉ DIFERENCIA HAY ENTRE DIVORCIO Y NULIDAD DEL MATRIMONIO?

A veces sucede que el Matrimonio es declarado nulo ante un tribunal eclesiástico. Pero esto nada tiene que ver con el divorcio. La declaración de nulidad de un Matrimonio significa que este Matrimonio nunca existió por falta de algún requisito esencial para su validez (por ejemplo, si se prueba que uno de los contrayentes carecía de capacidad pare el consentimiento matrimonial). Mientras en divorcio pretende romper el vínculo entre los ya casados la declaración de la nulidad concluye que no ha existido Matrimonio entre esas dos personas.

EL DIVORCIO NO ES UNA SOLUCIÓN

El divorcio hace que se rompan muchos matrimonios con problemas superables, que no deberían haberse roto jamás y causa a la sociedad más daño que beneficio.

El divorcio genera cada vez más divorcios. En EE.UU seis de cada siete matrimonios de divorciados vuelven a divorciarse, según un estudio de la prestigiosa revista Newsweek. En varios países occidentales (Francia, Alemania, EE.UU) ya hay un divorcio por cada dos matrimonios y esta situación está aumentando, como una plaga, cada día más entre las parejas jóvenes.

Los hijos son los principales perjudicados por la plaga de divorcio. Ellos tienen derecho a un hogar estable y a unos padres unidos que los eduquen. El divorcio les priva de ese derecho básico.

ACTIVIDAD 01:

HAZ  UN ORGANIZADORE GRÁFICO O ESQUEMA  SOBRE LOS DIFERENTE PUNTOS LEIDOS (PARA CADA TEMA)

ACTIVIDAD 02: COMENTA LO VISTO EN LOS VIDEOS DE AMBOS SACRAMENTOS